+ Da a conocer su inspirador libro “Me Atreví a Soñar sin Ver”
Entre las enseñanzas de Jesús de Nazareth existe una que desde niño dejó huella en mí y también en otros compañeros de la iglesia a la que acudíamos.
La frase decía más o menos: “Tienes que ser un niño para ir al cielo”.
Y desde entonces me preguntaba ¿si los adultos tenían prohibido el cielo y por qué?
Al paso de los años y con la madurez me seguí preguntando cuál era la característica que uno debía tener para ser un niño ante ese Dios y poder alcanzar el cielo o la gloria
Hasta que pude comprender, basado en todo lo que he vivido y en mi experiencia que la característica principal de un niño era el entusiasmo.
Esa energía sin límite mezcla de fuerza, valor, alegría, ensoñación y deseo de alcanzar las cosas, que terminaba convertida en luz dentro de cada ser que la seguía conservando toda la vida.
Con esa luz llamada entusiasmo miles de hombres y mujeres han conquistado los corazones de otros a base de derretirlos en un crisol de bondad. Ese es el cielo del que hablaba Jesús de Nazareth. El triunfo del hombre, la conquista de sus sueños y el logro de sus metas.
Así entiendo la vida de Luis Alfonso Castillo Pardo, un hombre que la adversidad que enfrentó desde su adolescencia lo lanzó a un pozo del cual emergería con una fortaleza que solo unos cuantos pueden obtener por sí mismos y el la dominó con el inmenso entusiasmo por vivir.
Luis Alfonso utiliza lo aprendido en las aulas de la Facultad de Ciencias de la Comunicación para transmitir de manera sencilla una lucha que el nunca pidió enfrentar pero que la vida se la entregó como una forma de demostrar, primero a él mismo y luego a todos quienes han tratado con él, que no existen límites, ni fronteras y mucho menos barreras en el alma.
Superar lo que llama terrible aburrimiento en esos primeros días de su ceguera, la depresión, autocompasión y la desesperación fueron la más brutal experiencia que un menor de edad pueda enfrentar.
Pero es ahí precisamente donde nace la inquebrantable fortaleza para decidir su camino.
Destaca la aceptación de su discapacidad visual por completo con la que tendrá que convivir siempre y el intenso deseo de alcanzar la excelencia para ser el mejor y poder acceder a una vida digna.
Necesario hacer hincapié que Luis Alfonso en las diversas etapas de su vida, primero en la Escuela Nacional para Ciegos, después como estudiante universitario, posteriormente en el mundo laboral y en su vida matrimonial tuvo a su lado seres de luz que le brindaron ante todo su amor, amistad, experiencia y lealtad para apoyarlo en la medida de sus posibilidades en el camino emprendido, convencidos de la lucha indomable que había emprendido en el mundo de las tinieblas que él convirtió en luz.
No hay coincidencias ni hechos fortuitos o de suerte. Y el lo marca bien en su narrativa.
Contabilizar sus riquezas: juventud, una familia que lo ama, su capacidad intelectual que se expandía conforme iba dominando el mundo de la oscuridad y los maravillosos amigos que están siempre a su lado marcan los derroteros.
Las experiencias lo hicieron comprender que en la vida los grandes sueños se conquistan confrontando y superando adversidades.
A Luis Alfonso lo conocí en la segunda mitad de la década de los 80´s, cuando la escuela de ciegos se encontraba albergada en la escuela de niños sordomudos Heriberto A. Román y en uno de los reportajes que realicé me dejó sorprendido el desarrollo sensorial que como ciegos habían desarrollado varias personas débiles visuales.
Luis Alfonso podía definir y demostrar la trayectoria de una pelota lanzada por alguien y que pasaba a su lado o arriba de su cabeza.
Cuando le pregunté como percibía la trayectoria de esa pelota que le permitía seguir su dirección moviendo su cabeza. Su respuesta me sorprendió:
Los ciegos podían, con entrenamiento y por necesidad propia, desarrollar uno o varios de sus sentidos que le quedaban y en este caso no solo era el oído lo que había desarrollado sino también lo sensorial en su piel, el poder percibir los enrarecimientos del aire para saber si algo o alguien venía hacia él o al contrario se alejaba. Esos enrarecimientos o deformaciones del aire también les permitían evadir o evitar obstáculos en la calle.
Para Luis Alfonso, como universitario su meta prioritaria era alcanzar la excelencia.
Lo sintetiza: “Llegar lejos no es alcanzar un sueño, es seguir soñando y seguir alcanzando sueños. Por eso es muy difícil saber que tan lejos puede llegar alguien en la vida”.
Pero la escuela solo era una etapa. En la escuela para ciegos era cómodo vivir en sus aulas y dentro de sus paredes. Dejarla era como saltar del nido al vacío.
“Vuelas o te estrellas, pero lo principal era enfrentar la vida y salté del nido”, externa.
A partir de ese momento enfrentaría el rechazo en sus aspiraciones por ser un profesionista y hombre de bien y fue cuando salió de la facultad que pudo percatarse que para los discapacitados el mundo laboral era algo inaccesible por lo que decide continuar preparándose hasta que obtiene la estabilidad laboral.
Pero no deja de impresionar la constante presencia de seres de luz que siempre estarán a su lado impulsándolo a concretar sus sueños.
“Lo determinante es la firmeza en el carácter, la grandeza en la voluntad y la perseverancia en el esfuerzo para ir por ese sueño que arde fuerte en el corazón”, recalca.
Me Atreví a Soñar sin Ver es un libro que inspira, que nos estimula a ser mejores para lograrlo con nuestro corazón, mente, sueños y lo que tenemos en el momento actual.
No es de la luz de donde se crea todo, sino de la nada, de ese espacio inmenso del universo. De esa infinita oscuridad, todo se crea.
José de Jesús Algarín Durán
Periodista con discapacidad auditiva





















