Son palabras que no están en el diccionario del español (aunque los señores académicos de la Real Academia no tardan en incluirlas como fructífera aportación a nuestro lenguaje cotidiano y hasta profesional), pero ni siquiera es necesario que estén allí insertadas porque casi casi (bueno, solo un «casi») todo mundo las usa, o al menos logra saber de qué versan.
Son vocablos que hacen referencia al uso de las redes sociales para lograr, sin mucho esfuerzo y en poco tiempo, el salto a la satisfacción de sentir los bolsillos o las cuentas bancarias sobradas de pesos y el alma henchida de gozo al contar a cada segundo el número de likes (otro barbarismo) que se ha cosechado en vertiginoso ascenso a la fama y al éxito.
El éxito y la fama van de la mano. Es lo que pretende un emprendedor, sea artista, comerciante, vendedor de tacos, estudiante, etc.
Pero el prestigio que lleva al triunfo y viceversa, no es fácil de obtener. Exige mucho esfuerzo, tenacidad, aguante, persistencia, astucia, dedicación, pasión, ambición, desvelos, paciencia, constancia, etc., etc.
Por eso, cuando se escucha en las graduaciones escolares y en la publicidad de una escuela que se desea o garantiza éxito a los alumnos, quien ya ha corrido buena parte de la vida se pregunta si de verdad eso que se ofrece o se augura es cierto, auténtico, real, posible y tan fácil de lograr como desearlo, anunciarlo o prometerlo.
Vamos a los hechos, con la mano en el corazón para pensar y sufrir un poco.
Según expertos en educación, en las escuelas se resiente un acusado debilitamiento o ausencia total de ciertas habilidades que deben estar presentes en toda la vida de un estudiante. No para tener éxito en la vida (que eso es pura mercancía o quimera), sino para ser humanos íntegros, buenos profesionistas, seres útiles a su sociedad.
¿En qué consiste eso que les impulsan a conseguir tras miles de horas en las aulas, o jugando a ser estudiantes a larga distancia? Según investigaciones (Webb del maestro 02/11)25), el 50 % de los inquietos jóvenes de la Generación Z tienen como opciones profesionales deseables para lograr ese éxito y esa fama llegar a ser influencers, youtubers, tiktokers, instagramers, streamers. Es decir, ser diseñadores o creadores de contenido en redes sociales, porque estas son «Actividades confiables o aspiracionales que proporcionan autonomía laboral, creatividad, ingresos rápidos y fama instantánea. Son un camino expedito y accesible al éxito, frente a rutas tradicionales como una profesión, los estudios o la vocación… El entorno refuerza esta aspiración al ver que otros logran seguidores, likes, o colaboraciones», puntos de referencia del grado de prestigio y dinero que están logrando con el consiguiente ahorro de los miles de horas que un profesionista o empresario requiere para llegar a tan deseada meta.
Esto es síntoma de un deterioro en la formación que deben recibir los alumnos. Sea por la manipulación ideológica a que son sometidos sin que haya quien los defienda, como de esa «educación» aséptica que forma parte del menú de leche sin lactosa, dulces sin azúcar y cervezas sin alcohol.
El maestro Pablo Pérez, con 49 años de experiencia en la formación de futuros maestros, afirma que «cuando la escuela renuncia a formar mentes capaces de razonar y cuestionar, lo que produce son jóvenes que saben operar dispositivos, pero no entienden el mundo. Llegan a la universidad sin herramientas para pensar ni conectar ideas, incapacitados para aprender más allá de lo que una pantalla les muestra. Y eso no es solo un problema pedagógico, sino un fracaso cultural de enormes proporciones».
Desde luego, se vale un pensamiento alternativo, como el que sostiene que nos encaminamos a una educación, digamos, fácil y exitosa, pues todo se resolverá con la implantación de «un chip del conocimiento para lograr el titulo; así, si quiere ser médico ingeniero o lo que le interese, se colocará un chip que contiene el total conocimiento de que se dispone para ser médico, ingeniero o lo que quiera. Entonces la memoria estará cifrada». Aunque, acota muy prudentemente «lo que hace falta saber es si ese ser humano ha perdido, además de la memoria, su humanidad».
Lo cierto es que, por ahora, «Son pocos los niños que sueñan con hacer (o ser) algo grande, el resto solo quiere volverse viral. Cuando los niños orientan sus aspiraciones exclusivamente hacia la fase digital, cabe preguntarse: ¿están dejando de lado sueños vinculados a la vocación, el servicio, la innovación, la investigación o la transformación social? Cuando las aspiraciones son aquellas y reemplazan otros sueños, se basan en expectativas poco realistas o se desarrollan sin reflexión, preparación ni acompañamiento, surgen señales de alerta».
La educación no mide su valor solo por su eficiencia.











