Este año, 2026, es una fecha que ha sido pronosticada como el año fatídico en que el hijo del implacable y omnipotente tirano de Metrópolis se pregunta: «¿Acaso en el mundo, después de esta noche de locura, no había más que horror y muerte, destrucción y agonía sin fin?».
En 1926, justo hace 100 años, en el espacio inter guerras, la guionista de cine alemana Thea von Harbou editó la novela Metrópolis que durante un año publicó por entregas en una revista.
Metrópolis es la historia distópica que se une a aquellas otras que predicen, con asombrosa exactitud, acontecimientos del futuro. Mientras Thea hacía sus publicaciones, su esposo, el austríaco Fritz Lang rodaba una película muda, en blanco y negro, con el mismo tema, cinta que se estrenó en 1927 y resultó un estruendoso fracaso. La película, pensada para 150 minutos, fue censurada, mutilada, sufrió roturas, quemaduras y se redujo a hora y media. Hace 16 años se estrenó una copia restaurada.
Metrópolis es una ciudad del futuro donde los enriquecidos magnates de la industria, el comercio y la tecnología gobiernan hasta las conciencias de sus habitantes. Estos están divididos en dos clases: los plutócratas (familias enteras) y los obreros asalariados. Aquellos viven en rascacielos y mansiones y los obreros están condenados a trabajar, siempre en sótanos, bajo tierra, para mantener en funcionamiento la gran ciudad.
Joh Fredersen y su hijo Freder están en la cúspide del poder y de la riqueza, y son quienes dictan normas y formas de conducta para todos, pero muy especialmente a los de la casta inferior: los obreros.
La vida de Freder, como es lo usual, se reparte entre diversiones, especialmente practicando deportes. En una ocasión, su actividad lúdica se ve interrumpida por la llegada de una joven, María, que pertenece al grupo de las obreras, pero ha tenido la osadía de conducir a un grupo de hijos de los obreros para que conozcan que existe otra clase de vida: la de sus «hermanos»: los oligarcas, los hedonistas, los poderosos.
Freder queda enamorado de María y baja a los sótanos para encontrarla. En esa búsqueda está cuando se produce una gigantesca explosión de una máquina, causando la muerte de muchos obreros e hiriendo a otros más. Impresionado, Freder sufre una alucinación: ve la máquina siniestrada como un enorme templo dedicado a Moloch que devora a los obreros. Al despertar queda impresionado por el dantesco espectáculo y corre a describírselo a su padre.
Entretanto, el obrero capataz de la Máquina del corazón le entrega a Frederson mapas encontrados en los bolsillos de algunos obreros. A Frederson no le interesan los obreros muertos y heridos, lo que quiere es saber el significado de esos mapas. Al ver la indiferencia de su padre, Freder, conmovido, decide ir en ayuda de los miserables trabajadores, pero su padre ha logrado que el científico Rotwang descifre los planos. Lo que encuentra es una red de túneles dispuestos para que los obreros puedan liberarse y salir de las mazmorras subterráneas, auxiliados por Freder quien, motivado por María, se erija en su líder. El plan de María es que, con el liderazgo de Freder, se logrará la utopía de unir a los trabajadores con la clase dominante. Para desacreditar este movimiento, Fredersen ordena a Rotwang que dé, a un robot que ha creado, el rostro de María.
Después de sufrir alucinaciones, Freder baja a los sótanos y encuentra al robot-María (IA) induciendo a los obreros a destruir todas las máquinas. La verdadera María, que ha sido secuestrada por Rotwang, no puede contener la insurrección de los enloquecidos obreros que ha provocado la destrucción de las máquinas y una inundación que arrasa hasta con sus propios hijos. «¡Hemos condenado a muerte a las máquinas! ¡Las máquinas deben morir! ¡Al infierno con ellas!», entonan en coro.
Los obreros, al ver la destrucción que han provocado, queman a la androide María y así descubren que es un robot quien los ha manipulado. En tanto, Freder y María se convierten en héroes al reconciliar y unir a las dos clases sociales cuando el padre de Freder y el líder de los obreros se estrechan las manos. «Entre el cerebro y el músculo debe mediar el corazón», escribió Thea von Harbou como epígrafe de su novela.
Así, Metrópolis, novela y película, ilustran la idea de que este mundo de injusticia y explotación puede ser rescatado con la unión de humillados (trabajadores) y tecno feudalistas (oligarcas y políticos) lograda con el surgimiento de un líder honesto y decidido. Quizá la mano esperanzadora de María…
Este desenlace, imaginario, soñado, por supuesto no fue bien visto por George Wells quien, con un espíritu más crítico y realista, escribió sus impactantes novelas 1984 y Rebelión en la granja retratando el verdadero y perverso rostro del poder.











