En recuerdo de mis compañeros formadores Tomás Contreras “El Panda”, Pancho Percino, Víctor Ortiz Salamanca, Felipe Alegría, El Nica y El Rontontón
Talleres de Artes Gráficas
El periódico era un engranaje artesanal. Todo comenzaba en la mesa de luz, donde se armaba el original mecánico con rotrings, compases, cutters y medidas tipográficas. Cada nota encontraba su casillero, cada titular su espacio, cada fotografía su indispensable pie de foto. La jerga del taller de artes gráficas era un idioma propio: balazo, cabeza, cachucha, la de 8, secundaria, cintillo, cabezal, orejas, etc. Utlizábamos medidas como la línea ágata y después en cuadratines.
Una vez corregida la página por los duendes tipográficos, se pasaba a fotomecánica: una enorme cámara fotográfica sobre rieles capturaba la página completa en negativo. En el cuarto oscuro, bajo luces infrarrojas o amarillas, se revelaban los negativos en charolas con químicos: primero revelador, luego agua, después fijador, enjuague y secado.
De ahí se pasaba al fotomontaje, donde los negativos se compaginaban para dobles planas utilizando Diurex, cutters y papel mandarina. El siguiente paso era el departamento de transporte, donde las insoladoras transferían grabando con luz, las imágenes y textos de los negativos a láminas presensibilizadas. Estas se revelaban, lavaban y secaban, quedando listas para la rotativa.
La rotativa
La máquina era una Goss Community de 7 unidades, capaz de imprimir a todo color a una velocidad máxima de 16 mil ejemplares por hora. La consigna era férrea: el diario no podía dejar de salir ni un solo día. No cumplir significaba despido desde el director hasta las jefaturas. Todo se hacía contra reloj, para que el periódico estuviera lo más temprano posible en la calle, con las mejores noticias.
Vicente Leñero lo resumió con una frase certera: “era oficio de ultratumba para la luz pública”. En la penumbra del taller, entre químicos y rodillos, se gestaba la claridad del diario que iluminaba la vida de la región centro del estado de Veracruz
La vida en el periódico
Cuando los voceadores comenzaban a gritar las noticias en las calles, me invadía una mezcla de alegría y melancolía: la batalla redaccional había concluido. A veces ni siquiera iba a casa; me acurrucaba entre las pacas de papel no vendido y dormía allí. El diario se volvió mi casa, mi vida, mi pasión. La tinta se metió en mis venas.
Por eso hoy tengo mi propia imprenta: no puedo vivir sin el olor de la tinta. Y he acostumbrado a mis clientes a pedirme trabajos urgentes. Contra reloj sigo trabajando, como en aquellos días en que el periódico era el pulso de mi existencia.
De talleres a redacción
Mi recorrido no terminó en los talleres. Pasé a redacción: primero como secretario, luego asistente de cables o del llamado teletipo. Después fui reportero, más tarde jefe de información, jefe de redacción y, por etapas breves, director.
Así recorrí cada rincón del periódico, desde la mesa de luz hasta la jefatura de redacción. El diario fue mi escuela, mi casa y mi vida. Y aún hoy, cada amanecer, sigo escuchando el eco de aquella consigna: el periódico no puede dejar de salir.
















