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Milonga futbolera

Aquí estoy, arrumbada por el boludo de mi dueño. Sos ingenuo si pensás que llevo una jornada placentera; al contrario, una vida de la patada. Pero me encanta, para eso me fabricaron.

En el barrio (y no precisamente el de Núñez), los sábados a la tarde se juntan los pibes para jugar fútbol. Los partidos se ponen macanudos con el primer gol; como en la Bombonera, con el júbilo de la número doce –una barbaridad de gente- cuando anota el Boca, los muchachos animan la “cascarita”. Los adversarios reaccionan, el delantero escracha al guardameta de un pelotazo. ¡Goool! El marcador se iguala. Las minas, siempre guapas, saborean sus chuengas. Hay, también, quienes apuestan desde diez mangos hasta media gamba.

Me juegan, me pasean. Allá voy, como en una milonga, bien franeleada por muchos tarros que, tal parece, me preparan para el bulín. Me encanta y me excita acariciar las piernas cálidas y sudorosas de los jugadores.

A veces, los partidos terminan bruscamente porque algún pelotudo me estampa sobre alguna ventana; otras, porque los pibes rajan al armarse el quilombo y tienen a la yuta pisándoles los botines. Se dispersan, presurosos, por las calles y me esconden, pues soy incómodo cuerpo del delito.

Y aquí estoy, esperando otra animada jornada. Sólo te mangueo que, si alguna vez rompo algún cristal de vuestra casa, no os calentés, que vos también fuiste joven y sabés que el juego está de diez.

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