ESE TERRIBLE CRIMEN

Columna Acertijos de Gilberto Haz

El crimen asemejó al de A Sangre Fría, la novela verídica de Truman Capota. Leo al periodista de El País, Jonathan Meléndez, con una reseña de estas bestias y chacales:

“El acusado caminaba esposado este viernes bajo los brazos de dos policías, mientras se acercaba a las puertas de la cárcel. Decenas de curiosos miraban por encima de unas vallas. Periodistas y agentes grababan la escena con sus teléfonos y cámaras profesionales. Él, vestido de negro y azul, miraba a cualquier lado. En un momento, alguien gritó: “Sebastián, ¿por qué lo hiciste?”. Los vídeos habían sido grabados desde atrás, su cara no se alcanzó a ver cuando el grito cruzó el cielo. Con todo el ruido, tampoco queda claro si lo escuchó. Lanzada al aire, la pregunta enlazaba con el sentir general de un país, México, enfrentado de nuevo a la crueldad: ¿Por qué?

De Tijuana a Palenque, y quizá más allá, pocos ignoran los detalles básicos de lo ocurrido el martes en Atizapán, a tiro de piedra de la capital. El acusado, Diego Sebastián N, llegó a la casa de una familia conocida y los mató. Conocida de él, del acusado; conocida en general, porque el padre era el teclista de una popular banda indie, Camilo Séptimo. Asesinó a la madre, embarazada de cuatro meses; asesinó al padre, con quien tenía algún tipo de relación comercial; asesinó a la hija pequeña, de tres años; asesinó a la niñera, de 21; mató incluso al perro. Solo se salvó el niño mayor, que cuenta seis años y se escondió en algún lugar de la casa hasta que llegó la policía, cosa que ocurrió pasadas varias horas.

LA MASACRE

La masacre conecta con el runrún nacional, la violencia sabida, atestiguada a diario en diferentes puntos del país, una realidad difícil de acomodar. Son ya muchos años en que los asesinatos están disparados en México. La angustia existía ya entonces. Poco tiempo después, el asesinato salvaje del hijo del poeta Javier Sicilia y unos amigos catalizaría esa angustia en un esperanzador movimiento social, que pondría contra las cuerdas al Gobierno del presidente Felipe Calderón (2006-2012). Nació la esperanza. La unión hacía la fuerza y todo era relativamente nuevo: Los Zetas, las masacres del crimen organizado, los brazos armados, la espectacularización de la muerte.

Pero fueron pasando los años. En 2014, llegó el ataque artero contra los estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa: 43 fueron desaparecidos a manos de un contubernio de criminales y autoridades que todavía nubla el relato nacional. Nunca se supo qué fue de ellos. En 2019, criminales asesinaron y luego quemaron a familiares —entre ellos seis niños— de Julián Lebarón, uno de los fundadores del movimiento que había liderado el poeta Sicilia años atrás. Uno y otro crimen generaron reacciones de protesta en el país. Pero las protestas, con el paso del tiempo, se desinflaron. No porque nada se arreglara, sino porque sucedían nuevas atrocidades.

El caso ha golpeado a la sociedad. La saña del asesino ha calado hondo. Fuentes cercanas al caso que ha consultado EL PAÍS confirman un rumor surgido esta semana. Diego Sebastián habría preparado la masacre con anticipación. Compró cinta adhesiva y demás utensilios que luego le servirían en su ataque. No fue un calentón.

Las autoridades han dicho que Diego Sebastián y una de las víctimas, el hombre, el teclista de Camilo Séptimo, Jonathan Honas Meléndez, tenían negocios. El secretario de Seguridad federal, Omar García Harfuch, explicó este viernes que el primero le había exigido dinero al segundo. Este diario informó en días pasados, citando fuentes conocedoras de las pesquisas, que ambos manejaban un negocio de renta de casas de lujo a través de una página web. El agravio, del que se desconoce ahora mismo absolutamente todo, apunta ahí. La solución de Diego Sebastián, un sujeto que la Fiscalía del Estado de México buscaba por fraude, aspecto que ha confirmado también este diario, fue matarlos a todos. México contó el año pasado 28.000 asesinatos, 5.500 menos que el año anterior, según el Instituto Nacional de Estadística, una buena noticia. Pero 28.000 siguen siendo muchos”.

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