De Kamalucas: “Envejecer es como escalar una gran montaña: mientras se sube las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre, la vista más amplia y serena”.
Jolopo, el presidente López Portillo, solía decir que “Para llegar a viejo hay que ser muy valiente”, y nunca le entendí que quiso decir con esa analogía. Para llegar a viejo solo hay que aguantar vara, como diría Fox, y esperar que el Patrón diga: hasta aquí llegaste. Wikipedia: “Según investigaciones recientes basadas en cambios moleculares y proteínas en sangre, la ciencia señala que la vejez “real” o biológica comienza a los 78 años, tras etapas previas de envejecimiento. Estudios de la Universidad de Stanford indican que el envejecimiento no es constante, sino que tiene picos de aceleración a los 34, 60 y 78 años”.
Uno es viejo dependiendo como se sienta. Hay viejos jóvenes y jóvenes viejos.
Las andanzas de la vejez llevan a muchos sitiales.
Arthur Rubinstein, el célebre pianista, continuó tocando y dando recitales incluso después de cumplir 90 años, a pesar de las dificultades físicas propias de la edad.
Moisés tenía 80 años cuando Dios lo llamó desde la zarza ardiente en el desierto para liberar a los israelitas de Egipto. Esta edad se confirma al contrastarlo con el relato de Éxodo 7:7, que señala que tenía 80 años cuando habló con el faraón por primera vez poco después de su llamado.
VIEJO, VIEJO, AUN NO
Sobrarían los ejemplos.
Algunos se han despedido con elegancia. Las últimas palabras de Albert Einstein, pronunciadas el 18 de abril de 1955, siguen siendo un misterio, ya que las dijo en alemán a una enfermera que no entendía ese idioma poco antes de morir. Se cree que murmuró frases como “he hecho mi parte, es hora de irse” y “lo haré con elegancia”.
Hay que ser viejo pero no pendejo, dijo el priísta Gonzalo N. Santos, un hombre alburero y nada tonto, creador de aquella frase: “La moral es un árbol que sólo da moras”. Por si había dudas, eso lo decía a sus 82 años. Frase que se inmortalizó.
Borges escribió un poema, Elogio de la sombra: “La vejez (tal es el nombre que los otros le dan), puede ser el tiempo de nuestra dicha. El animal ha muerto o casi ha muerto. Quedan el hombre y su alma. Vivo entre formas luminosas y vagas que no son aún la tiniebla”.
Salvador Dalí, señaló: “Muchas personas no cumplen los ochenta porque intentan durante demasiado tiempo quedarse en los cuarenta”.
El cantante Enrique Guzmán, en sus shows decía con singular alegría, que ya estaba viejo y que la muerte lo estaba llamando. “Para allá vamos todos, nomás no empujen”.
Cuento esto porque yo mero entendí que ya estaba llegando a viejo o iba para allá en chinga loca, cuando un día, al subir al Metro de Madrid, con mi amigo el rico que no es rico, José Luis. Al estar todos los asientos ocupados, una guapa jovencita se levantó de su asiento y me dijo con toda amabilidad y cortesía: “Siéntese, por favor”.
Me resistí, le dije que muchas gracias, solo iba a otro terminal de la próxima parada. Pero allí entendí que me cedió el asiento por viejo.
Y me quedé con la frase vernácula mexicana: “Viejos, los cerros”.
Tan, tan.











