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Los análisis de un amplio sector de la opinocracia se inclinan por el estrepitoso fracaso de la Consulta Popular impulsada tempranamente por el presidente Andrés Manuel López Obrador para etiquetar, personalizar e identificar a sus adversarios, conformarlos en un bloque y amarrarlos a la hoguera pública para que la muchedumbre adoctrinada los quemara en moderna inquisición juarista, valga la retorcida paradoja.

Cuando AMLO se percató que sin nombres ni apellidos de los cinco enemigos públicos del pueblo bueno no podían, por mandato de la SCJN aparecer en la papeleta, abandonó el barco de la consulta e intensificó sus criticas y diatribas al Instituto Nacional Electoral en anticipado lavado de manos.

El presidente había recalculado los daños a su proyecto político, sabía a priori que después de la elección intermedia del 6 de junio, había quemado sus navíos con la única finalidad de alcanzar la otra orilla sexenal.

Y le alcanzó, aunque reventó al caballo morenista que sólo cabalga si lo monta AMLO cual Atila amarrado en una cruz de madera, cadáver inerte, al lomo de Othar,  cabalgando con el cuerpo rígido del emperador como estandarte que hacía palidecer de miedo a los enemigos.

¿Fue un fracaso para AMLO la consulta?

No.

Fue un fracaso para la democracia participativa que debe hacer imprescindible incluir a los ciudadanos en los procesos deliberativos, de discusión y decisionales de una nueva gestión pública, con mayor participación ciudadana.

“El problema de la participación ciudadana no es tanto definirla como ponerla en práctica. De todas formas, cualquier persona puede entender que la participación ciudadana se refiere a una serie de ideas y de actividades que favorecen un mayor empoderamiento de los ciudadanos en los asuntos públicos que les afectan. Es el concepto político por excelencia de cualquier democracia. Sin participación abierta no hay democracia. Por lo tanto la democracia participativa es un concepto redundante, si bien ayuda a reforzar la idea de la participación en unos sistemas democráticos que muchas veces limitan y canalizan la participación en unos procesos muy concretos y que pueden desvirtuar el sentido del “gobierno del pueblo”, dice una publicación del ayuntamiento de Alcoy, municipio y ciudad situada al sureste de España, en la provincia de Alicante.

Perdimos los ciudadanos, aprendices de todo y oficiales de nada, críticos acérrimos desde la mediocridad colectiva, sedientos en el fondo de ver sangre, venganzas disfrazadas de actos de justicia, sumidos en la comodidad del anonimato, pero incapaces de trasladarnos a una mesa receptora, movidos por el morbo, pero ni eso.

Quizá como no había vecinos militantes de otros partidos a quien señalar, acusar flamígeramente de fraude, ratón loco, embarazo de urnas o acarreo, no nos apeteció salir de casa este domingo., no había la posibilidad del tiro, y eso nos derrumbó del ánimo belicoso de los perros de rancho que persiguen kilómetros un automóvil sólo para orinar las llantas cuando el automotor detiene su marcha.

Así somos los mexicanos, enemigos de nosotros mismos, festinadores del fracaso ajeno que tapa nuestras propias incapacidades y carencias, la esencia de nuestra propia mediocridad que ve la paja en ojo ajeno.

Que se le va a hacer, ha de haber gente pa’todo, diría Serrat en una canción catalana.

Nos perdimos 520 millones de pesos que costó la consulta; pero también la oportunidad de estrenarnos en un modelo democrático donde países como Brasil, Perú y Chile nos han dejado atrás.

Perdió el Movimiento de Regeneración Nacional que sin la directriz de AMLO es un cascajo a la deriva, cuerpo sin alma, tigre de paja, embarcación sin rumbo sin más destino que el beneficio patrimonialista de dirigentes que no tienen ni la más mínima de idea de lo que es la democracia participativa porque apenas aprendieron las asignaturas básicas en la instrucción primaria.

Andrés Manuel López Obrador ganó con este nuevo cascabel distractor, abonó a su doctrina política porque los odios hacia los órganos e instituciones acrecentarán aún más el dogma de la 4T.

Ganó el presidente porque tendrá material para usarlo en la mañanera, descubriendo complots armados o imaginarios, señalando a los enemigos escondidos bajo una pregunta cantinflesca que se imprimió en rosa el domingo y a la que no respondimos, primero porque la democracia da flojeare y después porque jamás entendimos que nos preguntaban antes de tachar ‘Sí’ o ‘No’.

Nadie irá a la cárcel. Lo sabe el presidente, como también sabe que el imperio de la ley debe aplicarse sin necesidad de teatros de pueblo o carpas montadas para cebar en el discurso el odio a los 38 años de neoliberalismo iniciados por Miguel de la Madrid Hurtado.

El discurso de culpar al pasado, de nombrar a los saqueadores del país es efectista más no efectivo.

Sólo es abono para la narrativa del presidente, combustible para sus interminables diatribas mañaneras que lubrican la maquinaria gubernamental de un gobierno donde manda el pueblo bueno.

Mientras haya Bienestar, así será.

La narrativa de AMLO seguirá imponiendo la agenda.

Y por eso, AMLO ganó sin ir a votar.

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