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Corazón tan blanco

«No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era tan niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola de su propio padre, que estaba en el comedor con parte de la familia y tres invitados». Con este párrafo, que presagia un relato policíaco, Javier Marías (1951-2022) inicia esta novela que, de inmediato, llevará al lector por rumbos muy alejados de esa primera impresión.

En efecto, Corazón tan blanco muy pronto introduce al lector en un marasmo de confesiones en las que el protagonista y narrador, Juan Ranz hace un audaz rejuego entre la memoria y el olvido, los hechos y las narrativas, las verdades y las incertidumbres.

Esta mujer, Teresa, «que ya no era tan niña», es la segunda esposa del padre de Juan Ranz. La primera, lo sabremos poco después, también murió en un supuesto accidente y la tercera, Juana, es la que ahora engendró a Juan.

El misterio de la muerte de las dos primeras esposas de su padre lleva a Juan a un estado de incertidumbre acerca de su propia vida, y de sus decisiones. Una de estas, la de casarse con Luisa, pronto se ve impregnada de ese desasosiego. Apenas en su viaje de bodas, estando en un hotel de la Habana, escucha la discusión entre dos desconocidos: Miriam y Guillermo. Aquella incita a Guillermo a que asesine a su esposa. Este incidente confirma a Juan en su propia incertidumbre. Y, mientras Luisa duerme tras un malestar corporal, empieza a recorrer las inciertas informaciones que tiene sobre la vida de su padre (a quien en toda la novela se referirá por su apellido, Ranz) y descubrir la verdad de esa historia de un pasado que le ha sido ocultado. «La verdad, dice Juan, es que si en tiempos recientes he querido saber lo que sucedió hace mucho, ha sido a causa de mi matrimonio (pero más bien no he querido, y lo he sabido). Desde que lo contraje (y es un verbo en desuso, pero muy gráfico y útil) empecé a tener una suerte de presentimiento de desastre, de forma parecida a como cuando se contrae una enfermedad, de las que jamás se sabe con certidumbre cuándo uno podrá curarse» (25s). 

Con ese presentimiento, con esa enfermedad, Juan irá describiendo diversos episodios de su vida profesional y matrimonial. En un excelente capítulo relata episodios de su trabajo como traductor e intérprete, y ahí aprende que «escuchar es lo más peligroso, es saber, es estar enterado y estar al tanto, los oídos carecen de párpados que puedan cerrarse instintivamente a lo pronunciado, no pueden  guardarse de lo que se presiente que va a escucharse» (88). Y, confirmando que «el mundo es plácido cuando no se sabe», sin querer, de su propio padre en confidencia a Lucia se va a enterar de todo aquello que tan celosamente ha sido ocultado. Igual que como él oculta un episodio de su vida en Nueva York cuando actuó de intermediario en la relación de su amiga Berta con un amante de ocasión:  «nunca mencionábamos nuestro pasado tan mínimo… yo también era joven, aquello ocurrió y a la vez no ha ocurrido, al igual que todo, por qué hacer ni no hacer, por qué decir sí o no, por qué fatigarse con un quizá o un tal vez, por qué decir, por qué callar, por qué negarse, por qué saber nada si nada de lo que sucede sucede… nada perdura ni persevera ni se recuerda incesantemente, lo que se da es idéntico a lo que no se da… cuando lo cierto es que nada se afirma y todo se va perdiendo. O acaso es que nunca hay nada» (202).

Y aunque lo haya, «Contar deforma, contar los hechos deforma los hechos y los tergiversa y casi los niega, todo lo que se cuenta pasa a ser irreal y aproximativo aunque sea verídico, la verdad no depende de que las cosas fueran o sucedieran, sino de que permanezcan ocultas y se desconozcan y no se cuenten, en cuanto se relatan o se manifiestan o muestran aunque sea en lo que más real parece, en la televisión o el periódico, en lo que se llama realidad o la vida o la vida real incluso, pasan a formar parte de la analogía y el símbolo, y ya no son hechos, sino que se convierten en reconocimiento… y quizá por eso se cuenta tanto o se cuenta todo, para que nunca haya ocurrido nada, una vez que se cuenta» (208s).

A pesar de este escepticismo o agnosticismo, Juan llegará a saber todo lo que no quiso, y comprobará que los hechos son hechos, aunque queramos negarlos, aunque no se digan ni se confiesen, y que hay voces insistentes y provocativas que incitan a saber más y a no querer saber más, en una permanente contradicción existencial. Y Juan lo sabrá todo.

Corazón tan blanco es una novela magnética, cuyo discurso exige una lectura atenta, persistente, incisiva, imaginativa, provocativa, inolvidable, que justifica sus múltiples premiaciones. 

EN MEMORIA DE MATY DIEZ FRANCOS

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