En menos de 100 días un silbatazo volverá a paralizar al país. Un evento donde los goles cambiarán el estado de ánimo de la gente. No solo rodará un balón, también competiremos fuera de la cancha. Se pondrá a prueba más que a una selección: la capacidad de nuestras ciudades.
En esas tardes de café, surgió mi pregunta a un buen amigo cafetalero y visionario para los negocios, “¿Te das cuenta de que, en menos de 100 días Veracruz tendrá una gran oportunidad?” Me miró con intriga. Entonces le dije, “Estamos frente a una puerta de proyección.” Ahora, la decisión está en trabajarla o verla pasar.
Llegarán miles de visitantes al país durante cerca de un mes, y las ciudades deberán estar a la altura, tanto en movilidad eficiente, seguridad, tecnología, capacidad hotelera, conectividad, espacios de recreación, por mencionar lo prioritario.
Imaginen a los aficionados: consumiendo imágenes, cultura, paisajes y mucho de lo nuestro. Teniendo la sede más cercana, Ciudad de México, a 300 kilómetros de Córdoba, Veracruz. Para algunos sonará a una idea retorcida; y para otros, a una ventana al mundo.
El éxito del mundial no se medirá solo en goles, sino en cómo las urbes funcionan bajo presión. Hace unos meses conversaba con un director de una empresa de movilidad en el país, y coincidimos en algo: las ciudades sede se convertirán en verdaderos laboratorios urbanos. Y muchas otras tendrán la oportunidad de compartir sus espacios.
En este universo nada es casualidad, y nada llega por azar. Se construye, se gestiona y se capitaliza. Quien no lo entienda, simplemente lo verá por televisión. Hay que mostrar las muchas bondades que tienen nuestras regiones, por ejemplo, Veracruz; por mencionar a mi tierra. Les aseguro que más de uno quedará enamorado.
Así que, más vale activar un plan de acción. Donde, además de torneos futboleros, se impulse una ruta inteligente con: gastronomía, senderismo, ciclismo, montañismo, ríos, playa, y todo lo que tenemos de este lado del Golfo. No hay que descubrir el hilo negro ni viajar a las profundidades para mostrar nuestras riquezas.
El balón rodará durante un mes, pero el legado se medirá en años. Al final, los visitantes regresarán a casa. Lo único que permanecerá serán las ciudades que fuimos capaces de rediseñar mientras el mundo nos miraba.












