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EL CAMINO AL RETORNO

Columna Acertijos de Gilberto Haz

Una cosa es haber andado mucho camino y otra haber observado mucho. Camelot.

En el kilómetro 61.5, rumbo a Veracruz por la mugre autopista de Capufe, se ubica un restaurante llamado El Retorno. Era un paraíso de comensales, sitio donde aguardan los de la Guardia Civil y constantemente se ven sus patrullas y a un lado hay un hotel para viajeros. Allí nomás tras lomita, después de la desviación de La Tinaja, se llama así porque es casi el único retorno que hay entre Orizaba-Córdoba-Veracruz. Tiene su historia este sitio. Antes de la Pandemia era un lugar muy concurrido, los paseantes y turistas allí hacíamos un alto en el camino para desayunar los huevos más ricos del mundo, los de la mexicana o la salsa de huevos en salsa roja y las tortillas, que eran de mano. Se comía de maravilla y servía para comprar también los ricos quesos y las cremas de Capulines, que ahora ya no compro porque tengo aquí los afamados de Edgar Plauchú, que son de campeonato y estilo cuenqueños.

LOS CAMINOS DE LA VIDA

Ese sitio llamado El Retorno vivió su auge y caída, su esplendor y su gloria, estaba lleno siempre, turistas y comensales pasábamos allí y aprovechábamos su rica cocina, las cocineras cuenqueñas son de lo mejor. Algunos pernoctaban en ese hotelito de paso y se veía constantemente a los acarreadores de autos que, desde Mc Allen-Tamaulipas-La Tinaja y hasta Guatemala, se echaban los mil y pico de kilómetros con autos viejos o chocados que llevaban a reparar y ponerlos o a la venta o a la circulación.

No había maluria, se podía transitar con tranquilidad. Pero llegó el maldito Coronavirus y la Pandemia replegó a todos y este restaurante dejó de vivir sus días esplendorosos, cuando estaba lleno y facturaban de poca, había dos o tres chamacas meseras y ahora que me metí a desayunar, recordé que con mi hijo Juan Carlos (+), cuando íbamos a Veracruz o Xalapa, ese era nuestro desayunadero.

Hoy no hay nada, o poco hay, los refrigeradores vacíos, los módulos de comida chatarra dejaron de existir, no hay Sabritas no hay nada, apurado unos huevos revueltos y platiqué con un señor, que debe ser dueño o encargado, porque los antiguos propietarios eran mis cuates, de tanto que pasaba por allí y comía. Me dijo que el señor murió y la señora creo se fue a Mérida.

Y cuando pagué la cuenta y le dejé una propina a la chiquilla mesera, me acordé de esa Maldita Pandemia, que le cambió la vida al mundo, y a algunos, como El Retorno, los dejó heridos.

Así fueron esos días.

PD. Dejo de escribir unos días. El lunes entro a una intervención quirúrgica, espero de las sencillas, y me reintegro cuando Dios quiera, si no vengo, ahí me rezan un novenario.

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