«Últimamente en reuniones escucho a muchos maestros y maestras decir: “Gracias a Dios no pisé sierra”. Y lo entiendo, porque cuando uno oye “sierra”, piensa en lejanía, caminos difíciles, carencias y retos que asustan. Pero en mi caso fue distinto. Yo agradezco haber ido. Porque la sierra no solo me enseñó a trabajar con lo que hay, me enseñó a valorar lo que tengo. Me regaló cultura, tradiciones, lenguas, paisajes y silencios que hablan más que mil palabras.
»Ahí entendí que los sueños de los niños no dependen del lugar donde nacen, sino de las oportunidades que alguien esté dispuesto a acercarles. Vi familias que, aun con poco, lo dan todo. Padres y madres que caminan horas por la educación de sus hijos. Niños que sonríen con lo sencillo y respetan con el corazón» (Maeto Deos: https://www.facebook.com/11 de febrero 2026).
Estas palabras son la voz de un profesor rural que, desde una tribuna «social», nos recuerda que, por fortuna, hay maestros de verdad, que no están anquilosados ni paralizados ni sometidos.
Podemos mantener un rabito de esperanza y confianza al comprobar que, arriba de quienes desde su efímero pedestal tratan de dañar, hay maestros que están convencidos de que los niños y jóvenes «tienen sueños que dependen de las oportunidades que alguien esté dispuesto a acercarles». Y que existen maestros que se esfuerzan en mostrarles el valor del esfuerzo, de la disciplina, de los estudios, y la posibilidad de otra forma de educación que respeta su dignidad, su libertad, su fe, sus inquietudes, sus tradiciones, sus sueños.
La educación del país está en emergencia. Porque hay millones de niños que, en uno, dos, tres, ¡siete! años han sido expuestos a un modelo de enseñanza ajeno a los principios humanos y educativos que los pudieron haber motivado a luchar por su superación personal. Crecieron y asistieron a las escuelas a estudiar y aprender contenidos erróneos, superfluos, vacuos, indignos, tendenciosos, frustrantes, opuestos a lo que los niños requieren para una formación integral, digna.
En el otro extremo están auténticos maestros que se formaron con una pedagogía realista, humana, con mejores ideas, conductas, sueños; con una visión correcta de nuestra existencia y nuestro destino.
«La sierra me retó, sí, añade el maestro. Me sacó de mi comodidad, me enfrentó a mis propias ideas y me hizo más fuerte. Me enseñó a improvisar, a escuchar, a tener paciencia y a ser más humano antes que maestro. También me enseñó que la educación no se mide por la infraestructura, sino por la intención. Que un salón humilde puede estar lleno de dignidad. Que a veces nosotros creemos que vamos a enseñar, pero terminamos aprendiendo lecciones de vida que ninguna escuela nos dio. En la sierra entendí que el verdadero privilegio no es evitar los retos, sino tener el valor de enfrentarlos. Y que el servicio cobra sentido cuando llega a donde más se necesita. Y que la vocación se confirma cuando, aun en la distancia y las dificultades, eliges quedarte y dar lo mejor de ti. La sierra no me quitó nada, me dio perspectiva, carácter y propósito. Me hizo recordar por qué elegí esta profesión y para quién trabajo todos los días. Porque al final, no se trata de dónde trabajas, sino de cómo trabajas. No se trata del lugar que te toca, sino del corazón con el que decides estar ahí. Y yo puedo decir con gratitud: la sierra no fue una carga, fue una bendición que me transformó para siempre».
Esos verdaderos maestros, que nos recuerdan a algunos de los que tuvimos la fortuna de ser alumnos, no recibirán los reportes laudatorios de sus supervisores. Pero sí oirán de algunos de sus alumnos y compañeros palabras que son timbres de orgullo y de satisfacción íntima, personal, sincera. Como estas:
«¡¡Que bonitoo!! Muchísimas felicidades. Yo soy de la sierra y tengo en mi mente y corazón mi escuelita hermosa y ¡¡cada maestro!! Que ahora entiendo sus sacrificios y su amor por su profesión. Yo recuerdo especialmente al maestro que con su cariño nos enseñó a leer, nos motivaba con dulces. Yo tenía solo 5 años. Solo estuve hasta quinto en esa preciosa sierra de Tepehuanes, Durango, pero fue la parte de mi infancia másss feliz» (Ana Corrguez).
El testimonio de un maestro vale tanto como sus lecciones escolares.
Tras la venturosa noticia de que el ideólogo de los nefastos libros de texto actuales irá a otro lugar donde siga haciendo su labor destructiva, pero ya no en la secretaría responsable de la educación, podemos seguir esperando un cambio de rumbo en beneficio de los niños y jóvenes del país. (Aunque el demonio del escepticismo nos persiga).











