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EN LA ANTIGUA

Columna Acertijos de Gilberto Haz

Puebleando se aprende. Camelot.

Hace un tiempo, de regreso de Xalapa y cuando hay buen tiempo, hice una parada en ese pueblecito, llamado La Antigua, La rememoro:

El primer Municipio de América y su primer Ayuntamiento y su primera iglesia. Casi nada. Las lluvias en la parte alta habían hecho las crecidas, sin riadas. Las aguas hicieron que el río tomara su cauce del año 1519, cuando el barbón llegó y los pobladores los miraron con asombro. Tiene este pueblecito una virtud, le da trabajo hasta a los chiapanecos, porque unas mujeres indígenas que hablaban el Tzotzil venden sus rebozos, vestidos y cuanta chuchería se tiene a la mano. Hay también una cosa de llamar la atención. Unos chiquillos sirven de guías, uno les contrata por lo que se les quiera dar y te llevan a los tres lugares reconocidos: la Casa de Cortés, sin techo y tupida con las raíces, el Árbol gigante de ceiba, donde amarraron las naves, y la Iglesia con su espadaña para tres campanas y su atrio en el que se ven las catorce estaciones del Vía Crucis.

LA CASA DEL PUEBLO

Frente a la iglesia hay una casa perrona, elegante, de las caras, me imagino que allí vive el rico del pueblo. Hay turistas por doquier, unos chilangos defeños llegan con sus motos Harley Davison, todos rebecos y miran apantallados a los indígenas voladores. Se toman las fotos con ellos. Aquí la modernidad no espanta. Nada de aquellos desconfiados indios Sioux que no permitían que les retrataran, pues decían que en la foto se iba su espíritu. Aquí no ocurre eso. Tienen los indígenas para vivir y comer dentro de sus precariedades.

Aunque íbamos a comer, no a conocer esa historia que he visto otras veces, sobre todo una cuando invité hace años a una amiga española, Elena Uriarte, que se asombró de desconocer todo eso de sus antepasados, porque en España a Hernán Cortés ni lo conocen, y en México lo escondimos, al menos en calles y estatuas anda perdido, una en Veracruz a lo sumo. Se visita rápido, tomamos a un chamaco de guía. Pispireto, ágil en el pensamiento, de hablar infantil, vestido con unos jeans y tenis deportivos modestos, listo porque la necesidad en esos pueblos hace que los niños crezcan demasiado rápido, maduren como los aguacates que allí venden, a velocidades supersónicas, al menos en mente y pensamiento. Mientras comíamos le invitamos a que lo hiciera. El muy canijo se dio su banquete a nuestra salud y cuenta.

Crucé el puente Colgante, uno que cuando se camina se bambolea, se aprieta aquellito, pues si se llega a caer bye, bye, seguro aparezco por Alvarado, pues el cauce del río hace bramar las aguas y da mello. Luego me llevó a la iglesia, a la Casa de Hernán Cortés y al famoso árbol donde amarraron las naves. Al pie del río se come como marqués. Los frijolitos refritos veracruzanos, los platanitos fritos, la mojarra o los camarones o el chilpachole y a precios muy económicos, lo digo yo que soy buen comelón. Las calles empedradas, ahora llenas de lodo por la subida del río hacen ese lugar mágico, transitable, hay un hotel modesto de unos veinte cuartos, donde junto, en una plazoleta los Voladores de Papantla crean su magia, eso mediante una coperacha de veinte pesos que nos piden antes de trepar al sitio y comenzar a desenredarse de arriba abajo.

Aquí fue donde los barcos del Conquistador llegaron, aquí Bernal Díaz del Castillo se convirtió en el cronista de la historia. Aquí mismo, los extranjeros en esa conquista comenzaron a entender la grandeza de lo que tenían a sus pies. Con sus armaduras, pelo largo, sus caballos y barba crecida seguro apantallaron a los nuestros, que no los veían aún en National Geographic o Discovery Chanel.

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