Estamos, como humanidad, sumergidos en 56 guerras: un sunami de desorden, de incertidumbre, de violencia, agresión y deterioro de la convivencia por la ruptura de la legalidad, de los acuerdos, de las normas que tratan de regirnos para poder sobrevivir.
En medio de esa confusión mundial volvemos la vista a nuestro país, que aparece también contagiado de inestabilidad, de desasosiego, de dudas.
En esta nueva crisis de principios y valores que ahora nos invade, encontramos un punto neurálgico: la educación.
Al leer algunas de las innumerables reflexiones que se publican, tanto de pedagogos, investigadores y maestros como de padres de familia y, muy contadas veces, de alumnos, preocupa la magnitud de la crisis en que se encuentra el sistema educativo.
No basta que el titular de la SEP anuncie que, ahora sí, los maestros serán liberados de los engorrosos y burocráticos requerimientos administrativos que, por años, los mantuvieron distraídos de las esenciales labores educativas. Eso es, sin duda, un gran logro y avance después de tantas críticas y denuncias. Pero no deja de ser periférico a lo fundamental: el trabajo en el aula, que es donde se da lo sustancial, la auténtica práctica educativa, el proceso enseñanza-aprendizaje.
Ahí, en el aula, en el salón de clases es donde está la preocupación, ahí es donde y cuando el maestro tiene que saber y saber hacer para que los alumnos aprendan, se formen, encuentren el sentido de estar cientos, miles de horas en los pupitres de la escuela, o en casa, o, quizá, en alguna de las bibliotecas que subsisten por ahí, tratando de entender, incorporar, asimilar tanto los contenidos científicos, técnicos, literarios, culturales, históricos como los valores, conductas y modos que deben saturar los programas y los libros de texto.
No es verdad que los contenidos de la enseñanza deban ser cada vez más empobrecidos y mutilados, segados por la cuchilla de la miopía. Y menos que deban servir para manipular las conciencias de los educandos y someterlos al poder. Los alumnos tienen el derecho, como personas, a ser ilustrados, nutridos, orientados, guiados y formados con la mayor calidad de contenidos, principios e ideales.
La tarea educativa no es bancaria, como lo enseñó Paulo Freire. No va el alumno a la escuela a que el maestro solo le deposite su carga de contenidos, muchas veces reducidos a memorización rutinaria o a estereotipos doctrinarios. Tampoco va a que le inseminen (valga la redundancia) con semillas de amarguras, de resentimientos, de frustraciones, de fracasos ajenos. No va a ser indoctrinado sino a encontrar los apoyos, materiales y humanos, que requiere para forjarse como gente de bien, como ciudadanos útiles a sí mismos, a su familia, a su comunidad, a la sociedad.
Para ello son los maestros y los recursos materiales y económicos a ellos destinados. Porque los maestros, como muchos lo confirman con su ejemplo, son auténticos liberadores, forjadores de personas, no correas transmisoras de los intereses de quienes son los actores más poderosos que dominan una comunidad, una sociedad, un país, y tratan de imponer su visión, su lenguaje y su relato, sea en el ámbito económico, social o político. Nadie que sea dominante, opresor, puede ser educador, sea cual sea el escalón que ocupe en la estructura de una comunidad. La única fuerza, el único impulso válido es la búsqueda de la verdad y del conocimiento, la práctica del respeto, la defensa de la dignidad, la libertad de conciencia.
El Estado, como órgano de gobierno y responsable del bien común, no puede suplantar, relegar ni desplazar a la familia como principal responsable de la educación de los hijos. Estos son, sí, componentes de la estructura social y el Estado debe ser facilitador de ese fundamental servicio. Su función es ser promotor de la escolarización y para ello aportar los recursos humanos y materiales que la propicien y la protejan. Lo esencial, corresponde a los pedagogos, a los maestros que son los depositarios a quienes los padres de familia confían el buen desempeño de esa delicada misión.
El maestro no es el villano de la película, ni los padres de familia son los clientes que van a comprar al tendejón de la escuela, ni los alumnos las víctimas propiciatorias. Como lo señala un mensaje en las redes: «Cuando se pierde el respeto por quien enseña, el compromiso de la familia y la responsabilidad del estudiante, la educación se debilita. Formar no es señalar culpables, es asumir juntos la tarea» (ProfeJames, Facebook.com/profile).











