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Las puertas de la escuela

De pronto aparece esta pintura del artista ruso Nikolai Petrovitch Bogdanov-Belsky titulada «En la puerta de la escuela». En ella se ve a un pequeño, probablemente de unos nueve años, efectivamente, a la puerta de un aula. Es muy probable, al conocer algo de la vida del pintor, que sea un autorretrato, dado que él mismo provenía del medio rural y fue hijo ilegítimo de padres campesinos. El niño aparece con ropajes muy pobres, un raído y burdo sayal y pantalones deshilachados, agujereados. Respetuoso, tímido, se ha descubierta la cabeza y con sus manos sostiene una rústica gorra. A la espalda carga un talego y de su hombro cuelga terciado un fardel. Sus calzados van atados a sus piernas con largas franjas de ruda tela. Lleva un bastón de pastor que le sirve de sostén. Su mirada, curiosa, ve hacia el interior del aula donde otros niños, pobres también, descalzos, se inclinan sobre sus labores escolares, sentados en aquellos rústicos mesabancos que muchos usamos en nuestros días de escuela. Ahí se distingue parte de un pizarrón, sostenido en caballetes de madera. Uno de los chicos lo observa curioso al percatarse del intruso, que solo ve aquella escena, indeciso. Deducimos que, saciada su curiosidad o, más probablemente, consciente de que ese mundo íntimo, sagrado, no le está permitido, está vedado para él, seguirá adelante. Ingresar ahí es tan solo una ilusión. O quizá arriesgue entrar. O tal vez lentamente reemprenderá su camino ¿hacia dónde?

¿Hacia dónde van los cientos, miles, millones de niños que, como este pequeño, solo se habrán asomado a las puertas de una escuela? No entraron ni entrarán. Si acaso, alguna otra vez volverán a atisbar ese mundo que les es inaccesible. Ellos seguirán cargando pesados atados de leña, azadón en mano seguirán doblando su espalda sobre el surco, seguirán entre autos y camiones ofreciendo en la calle dulces, galletas, nopales, tortillas. Y por ahí se encontrarán con otros como ellos, destinados a los mismos menesteres. Quizá algunos sí conocieron, pero no soportaron. Son los miles, cientos de miles que abandonaron las aulas, empujados por la necesidad, impulsados por un sistema que les ofrece un mundo tan incomprensible, tan cerrado, tan lejano, tan peligroso, tan ajeno a su vida.

Unos y otros no conocieron, no vivieron, no entendieron aquel mundo tan remoto, tan intrincado que se les presentó alguna vez. Producto de la frustración de estructuras políticas, económicas y sociales que siguen sin servirles conveniente y apropiadamente, continuarán integrando sociedades históricamente traumatizadas.

Para ellos (y aun para quienes lo soportan) las aulas no son instrumentos que los hagan libres, que construyan puentes de esperanza y les permitan un crecimiento de toda su persona: manos, mente y corazón. Ellos requerirían maestros que superen la mera transmisión de fríos conocimientos, les protejan de adoctrinamientos emanados de intereses mezquinos, les ayuden en la adquisición de caminos firmes y seguros, construidos con cimientos sólidos de principios, de ideales, de valores.

Ellos, niños, adolescentes, jóvenes, necesitan ser salvados con aulas en donde se cultive el sentido social sin sesgos perniciosos, se ejercite el juicio crítico y ético, se enseñe lo valioso y lo perjudicial de las tecnologías, se enaltezca y practique la convivencia pacífica, desarmada, el diálogo, la verdad, la unidad entre el pensamiento y la vida, entre el conocimiento y la justicia, la cultura del encuentro y no la confrontación tendenciosa y estéril. Ante un mundo en el que priva el cultivo de la guerra, que violenta la convivencia humana, que trastoca la verdad y cultiva el engaño, que provoca la huida hacia horizontes inciertos, lejanos del hogar y del terruño, que favorece las desigualdades y las discriminaciones, que cultiva la concentración del poder, ¿cómo se puede hacer justa, atractiva y fértil una educación que, por años, ha sido utilizada como instrumento de abuso y sometimiento? ¿Cómo construir una escuela que use la alfabetización y la enseñanza para inducir el deseo de la verdad, de la libertad, del respeto a la dignidad?    

Estos niños que nunca se asomaron a un aula, los que desertaron y fueron desahuciados de la escuela, y aun los que, de una u otra manera, persisten en los salones de clases, necesitan urgentemente maestros que no silencien las preguntas, que no prohíban las dudas, que enseñen a ver a los otros como un bien y no como una amenaza, que luchen por remendar el tejido desgarrado de las relaciones humanas, que formen ciudadanos dispuestos a servir, que enseñen el sentido y el valor de la vida y el respeto a la inalienable dignidad, «que desarmen las palabras, levanten la mirada y custodien su corazón».

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