«El libro es como la cuchara, el martillo, la rueda o las tijeras: una vez que se ha inventado, no se puede hacer nada mejor», dicen que decía Umberto Eco. O quizá sí: pagar un dineral de publicidad por el invento.
Cuando de libros se trata, el asunto no solo es de cuidado sino también de preocupación. Unos datos de 2024-2025 sobre libros y lectores en España (de México, mejor no hablamos), nos descubren que más del 65.5 % de la población lee libros por gusto y el 25.2 por trabajo o estudio. Las mujeres son mejores lectores: el 71.7 %. Por edad, destacan los jóvenes con el 75.3 %. Cada español lee entre 9 y 10 libros al año (https://leer.es/barometro-lectura-2024).
¿Y cuántos se producen y venden? Según la Asociación de Editores Madrid, en 2024 se vendieron allá 77 millones de libros, con un valor de 1 200 millones de euros. Un incremento del 9.8 % respecto al año anterior. Como se aprecia, en España la edición, compra y lectura de libros es una institución nacional en pleno auge (https://editoresmadrid.org/27/02/25). Y todo arranca en casa, pues en el 78 % de los hogares con niños de 6 años se les lee a los pequeños.
Pero, para la mayoría de los autores el panorama es gris, tirando a negro. Según un estudio presentado en el XXV Congreso de las Librerías en 2023, el 86 % de los títulos editados en España venden menos de 50 ejemplares. Las cerca de 3 000 editoriales españolas publican algo así como 90 000 títulos nuevos al año y tienen un 30 % de devoluciones. La explicación del sector librero es que «hay un exceso de novedades…; la corta rotación hace que solo algunos libros se mantengan el tiempo necesario en el mostrador para su venta… así que muchos acaban en la guillotina» O en el reciclado. Solo el 0.1 % de los títulos vende más de 3 000 libros, lo cual para un autor es un escenario medio tétrico. (https://ethic.es/libros-no-leidos?/04 enero 2023).
Y ese 0.1 por ciento generalmente es de esos que llaman best sellers, producto, las más de las veces, de la arrasadora publicidad que los encumbra.
En una reunión de representantes de pequeñas editoriales, el escritor Carlos Jiménez Aribas, que estaba en la lista negra de los escritores poco afortunados, «salió repentinamente de la lista de peor vendidos y demostró una vez más que la publicidad es un elemento fundamental en este mundillo».
¡Ah, claro! La publicidad es magia, ante un mundo que se mueve y aprecia la fuerza de un mensaje (o de su ropaje) que va muy lejos de lo que realmente tiene un contenido valioso. Lo vemos en los eventos electorales, en donde un pelele puede auparse al sitio que desee solo con un buen promotor, y lo topamos en el mundo editorial donde cualquier pazguato puede obtener fama y vender a pasto por el hecho de invertir sus ahorros en contratar un buen salvavidas o un coro de aduladores siempre disponibles. Sucede incluso en esos grandes premios que otorgan organismos «culturales» de excelso renombre y dudoso proceder. Antes de la promulgación del veredicto del jurado, aparecen ruidosos desplegados, sesudas entrevistas y brillantes comentarios que ensalzan la excelsitud del autor.
Cervantes se lamentaba que, tras haber escrito poesías, obras de teatro, novelas pastoriles y los dos volúmenes del Quijote, no recibió ni el más sencillo reconocimiento. Si alguna fama obtuvo fue tras la publicación de la segunda parte, 10 años después de haber publicado la primera, y ya en las postrimerías de su vida. Con su crónica pobreza no hubiera alcanzado ni uno de esos humildes premios que dan algunas editoriales, y menos un tan costoso Nobel.
Ser leído es premio para un escritor. Y más si la lectura va acompañada, al menos, de un comedido comentario. Personas con capacidad para leer hay miles de millones. Lectores hay muchísimo menos. Entre los no-lectores, el 50 % dice que es por falta de tiempo y el 25 % afirma que prefiere emplear su ocio en otras cosas.
Humberto Eco dijo que el mundo «está lleno de libros preciosos que nadie lee». Bendita humanidad.
(Imagen: Facebook)











