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San Manuel Bueno, mártir

Don Manuel Bueno es un sacerdote, de 37 años, que llega a la aldea Valverde de Lucerna a ejercer su ministerio pues ha sido nombrado por el obispo párroco de esa pequeño pueblo, cuya sencillez e ignorancia ve en él a un clérigo intachable. Es sumamente compasivo y trabajador, enemigo del ocio y empeña todo su tiempo y energía en ayudar a los demás, sin esperar nada a cambio. Su bondad y entrega conquistan inmediatamente a todos. Especialmente a una niña, Ángela Carballino, que a sus diez años ve en él, intachable y bondadoso, un ejemplo de vida. La pequeña, al igual que su madre y el pueblo entero confían plenamente en la prédica de su párroco y su confianza es tan absoluta que, cuando Ángela regresa a su aldea después seis años de estudiar en una escuela religiosa, encuentra en el sacerdote a su guía espiritual: «Se llevaba las miradas de todos, y tras ellas, los corazones» (I,30), «su maravilla era la voz, una voz divina, que hacía llorar» (II,96), «Jamás en  sus sermones se ponía a declamar contra impíos, masones, liberales o herejes» (II,172s).

Cuando Ángela tiene 24 años regresa de América su hermano Lázaro quien, al ver «el imperio que sobre el pueblo todo, y especialmente sobre mi madre y sobre mí ejercía el santo varón evangélico, se irritó contra este. Le pareció un ejemplo de la oscura teocracia  en que él  suponía hundida a España» […] «En esta España de calzonazos, los curas manejan a las mujeres y las mujeres a los hombres» (IV,20-24 y IV,28s). No obstante su animadversión, cuando su madre está en su lecho de muerte, Don Manuel logra que Lázaro le prometa que rezará por ella.

Venciendo su resistencia liberal, Ángela consigue que Lázaro se entreviste con el sacerdote. Tras varias conversaciones, Lázaro y Don Manuel logran intimar al grado de que aquel le confiesa a su hermana algo que el sacerdote le ha dicho en confianza: que no escandalice al pueblo, que dé buen ejemplo, que se incorpore a la vida religiosa, que finja creer si no cree, que oculte sus ideas al respecto… Lázaro, desconcertado por esta confesión del sacerdote, le pregunta: «¿Pero es usted, usted, el sacerdote el que aconseja que finja?… ¿Y usted celebrando misa ha acabado por creer?», a lo que Don Manuel «bajó la mirada al lago y se le llenaron los ojos de lágrimas». «Y es así, dice Lázaro a su hermana, como le arranqué su secreto».

Esa confesión de Don Manuel, que parece o es una paradoja, es un hecho: Don Manuel es profundamente infeliz, ha perdido la fe, no cree en lo que predica con tanta convicción, y vive promulgando la esperanza en una vida eterna cuya existencia está convencido de que es una ilusión.

Sin embargo, el sacerdote miente a ciencia y conciencia en relación con sus creencias para que el pueblo sea feliz. No es hipocresía. No miente para engañar malamente a un pueblo crédulo y necesitado de fe y esperanza en una vida mejor. Aunque sabe que su prédica no tiene el respaldo de su propia creencia, su propósito es conseguir que su pueblo viva, y viva feliz. Considera que la religión es fundamental para consolar y hacer felices a las personas, y eso, en definitiva, es lo que más le importa a él. «Pero, ¿y la verdad, le objeta Lorenzo, la verdad ante todo». El sacerdote le contesta temblando: «La verdad? ¿La verdad, Lázaro? La verdad es acaso algo terrible, algo intolerable, algo mortal; la gente sencilla no podrá vivir con ella… yo estoy para hacer vivir a las almas de mis feligreses, para hacerlos felices, para hacerles que se sueñen inmortales y no para matarlos. Lo que aquí hace falta es que vivan sanamente, que vivan en unanimidad de sentido, y con la verdad, con mi verdad, no vivirían […] Todas las religiones son verdaderas en cuanto hacen vivir espiritualmente a los pueblos que las profesan, en cuanto les consuelan de haber tenido que nacer para morir y para cada pueblo la religión más verdadera es la suya. La mía es consolarme en consolar a los demás, aunque el consuelo que les doy no sea el mío» (IV,206-227).

Ante esta dura confesión de Don Manuel a él y de él a su hermana, la reacción de Lázaro la asombra: «Entonces, le dice, comprendí sus móviles y con esto comprendí su santidad; porque es un santo, hermana, todo un santo» (IV,196-198). Y, a partir de esta conversión, Lázaro se transforma en su más fiel admirador y seguidor hasta proponerle la formación de un sindicato. Don Manuel reacciona de inmediato: «¿Sindicato?, No, Lázaro, no; la religión no es para resolver los conflictos económicos o políticos de este mundo que Dios entregó a las disputas de los hombres… Yo no he venido a someter los pobres a los ricos, ni a predicar a estos que se sometan a aquellos… Sí, ya sé que uno de esos caudillos de la que llaman la revolución social ha dicho que la religión es el opio del pueblo. Opio…, opio… Opio, sí. Démosle opio, y que duerma y que sueñe. […] No, Lázaro, no; nada de sindicatos por nuestra parte. Si lo forman ellos, me parece bien, pues así se distraen. Que jueguen al sindicato, si eso les contenta» (VII,20-28 y 36-47).

Cuando menguaron las fuerzas, llegó el momento en que Don Manuel se sintió desfallecer y pidió que lo llevaran a la iglesia y allí murió predicando al pueblo, en el templo.

Pasaron los años. Cuando Ángela pasa de los 50, se entera de que el obispo había abierto la causa de la beatificación de Don Manuel. Entonces decide escribir esta historia para contribuir (o impedir) el proceso. «Y yo no sé lo que es verdad y lo que es mentira, ni lo que vi y lo que solo soñé, ni lo que supe ni lo que creí […] Y confío en que no llegue a su conocimiento todo lo que en esta memoria dejo consignado. Les temo a las autoridades de la tierra, a las autoridades temporales, aunque sean las de la Iglesia» (X,58s y 83-88).

Cuenta Miguel de Unamuno que el autor de Niebla (¡que es él mismo!) ignora cómo vino a parar a sus manos esta memoria de Ángela Carballino, pero «bien sé que en lo que se cuenta en este relato no pasa nada; mas espero que sea porque en ello todo se queda» (X,133-135).

Y, como este mismo Unamuno, autor y narrador-transcriptor de esta novela hace decir a Ángela: «Pero aquí queda esto, y sea de su suerte lo que fuere» (X,88).

(Nota. Los números corresponden a los capítulos y renglones de la edición de Mario Valdés (Cátedra, Letras Hispánicas 95), de la novela publicada por Miguel de Unamuno en 1931).  

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