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A dónde vas, México

«Maestro, maestra: procura tener presente que tu hermosa profesión de maestro, tus sueños y tu vida están en riesgo. Por eso, si un alumno no estudió, no aprendió, ponle 10; si no quiere hacer el trabajo, déjalo que se duerma; si no trajo la tarea, ponle otro 10; si es agresivo, voltea la cara y no veas; si llega tarde, déjalo que entre; no revises su mochila porque violas sus derechos, no lo repruebes porque violas sus derechos, no le llames la atención ni levantes la voz porque violas sus derechos, no le exijas el uniforme porque violas sus derechos; si viene con tatuajes, con el pelo rapado, no digas nada, tú, da tu clase al viento, y que estudie quien tanga ganas. Cualquier situación, documenta los hechos con evidencia, de acuerdo con la norma escolar. No aprenderán nada, pero tú sobrevivirás y te podrás jubilar. Ah, y no dejes de participar en el Consejo escolar».

Tras el asesinato a mansalva de dos maestras que alguna vez soñaron con ser docentes, perpetrado por un jovencito quinceañero afiliado a sectas violentas, no pueden sorprender más de lo justo y necesario estas recomendaciones que leemos en cascada, como un torrente de rabia, angustia, miedo, furia, impotencia y tristeza de maestros que expresan su desesperación y temor ante esos actos de violencia desatada contra quienes dedican su tiempo, su trabajo, su vida a la enseñanza en las escuelas.

En medio de este caos está el maestro:

«Ser maestro hoy en México, escribe un docente, es un acto de valentía. Porque ya no solo luchan contra el rezago educativo, la falta de material o los bajos salarios. Ahora luchan por su integridad física. Entran a un salón de clases sin saber si ese día un alumno trae un arma, un cuchillo, o un odio que nadie supo canalizar. Ya no se puede corregir. Si llamas la atención, eres represor. Si pones un límite, te denuncian. Si pides respeto, te tachan de autoritario. Y si callas… si callas, te desangras en el piso mientras tus alumnos son testigos de que el mundo se volvió loco» (Facebook).

La noticia fue fulminante.

Casos similares difundidos en internet están relacionados con la subcultura Incel. Según lo define Amnistía Internacional España, «El movimiento incel (celibato involuntario) es una comunidad en internet que combina frustración sexual, misoginia extrema y discursos de odio hacia las mujeres» (https://www.es.amnesty.org›Blog›Historia). Pero, más allá de estas modas predicadas por ciertas redes sociales, está el problema mismo de la violencia escolar, que se ha desplazado del acoso entre alumnos a la agresión abierta contra maestros y directivos de los centros antiguamente llamados educativos.

Aquí estamos, una vez más, en hechos indeseable, tan trágicos que sacuden la conciencia de quienes son especialmente sensibles: los docentes y directivos que día a día y hora tras hora tienen que enfrentar nuevas generaciones de niños, adolescentes y jóvenes que, indudablemente son influenciados por lo que ven y oyen, por su inadaptación social y por el fracaso de padres de familia que irresponsablemente los abandonan al vendaval de la violencia que vive cotidianamente nuestro país.

Los analistas independientes del sistema educativo (cada vez más ignorados o silenciados) continuamente están denunciado que el sistema educativo se encuentra sumido en un muladar, regenteado desde los escritorios por políticos sin considerar lo que es básico, fundamental: los requerimientos cada vez más acuciantes de una formación integral de los alumnos, propiciada por fines, metas y medios que sea ajenos a intereses partidistas.

Cuando se diseña un mapa curricular (que comprende fines y perfiles, planes y programas de estudio, recursos audiovisuales y tecnológicos, sistema de evaluación y promoción, materiales educativos –libros de texto– y la vinculación entre los diferentes peldaños de la práctica educativa, por ética elemental o, al menos, por decencia, es indispensable que se prescinda de los caprichos sexenales, fuertemente ligados, por desgracia, a intereses que están muy lejos de los requerimientos indispensables para que los alumnos enfrenten su pasado, su presente y su futuro.

En el portal Psicología para docentes se señala con toda claridad: «Nunca se había contado con un marco legal tan robusto para garantizar el derecho a la enseñanza y, sin embargo, la sensación de desamparo institucional es hoy más palpable que nunca. Proclamamos el “derecho a estar” como una victoria civilizatoria, pero se ha postergado el debate sobre las condiciones materiales que transforman esa presencia en un proceso pedagógico real. La ley abre la puerta de la escuela, pero la precariedad estructural la vacía de sentido». Y añade: «Es una forma de negligencia institucional. Se crean entornos donde el conflicto es inevitable porque la estructura no soporta el peso de su propia narrativa. La escuela se transforma entonces en un espacio de gestión de crisis, donde el mandato de “incluir” choca frontalmente con la dificultad de educar con dignidad» (Facebook 24/03/26).

Dignidad es lo que hace falta. Dignidad que es respeto por sí mismo y respeto hacia aquellos que dependen de la decisión que toma la autoridad responsable del sistema educativo que, si es acertado y pertinente y justo, permitirá que millones de seres humanos en proceso o, al menos, en etapa crítica de formación, sean elementos útiles a sí mismos, a sus familias y a sus comunidades.

Un error, una tergiversación de lo ideal afecta irremediablemente el proceso de crecimiento físico, emotivo, intelectual, social, ético de los educandos. Un maestro que incumple su obligación educativa, un directivo que solo mira el usufructo económico o escalafonario que puede obtener, un funcionario que vende su alma al partido y permite que se mutile el currículo escolar y que no se cumplan los propósitos y fines inherentes a lo que es el basamento de una sociedad humana (en sentido pleno), deben ser repudiados y excluidos del ámbito educativo. En beneficio de los niños, adolescentes y jóvenes y de toda la comunidad.

«Si la distancia entre la norma y la realidad sigue ensanchándose, la escuela corre el riesgo de convertirse en un simulacro: un lugar donde todos figuran, pero nadie se encuentra. Docentes y familias se encuentran atrapados en una pinza institucional. Por un lado, la exigencia legal de atender la neurodivergencia y la vulnerabilidad; por el otro, presupuestos estancados y una escasez crónica de personal especializado. Cuando la ley llega a las aulas desprovista de recursos, deja de ser un derecho para convertirse en una carga burocrática que recae sobre el compromiso personal del profesorado» (ibidem).

Y nos preguntamos: ¿dónde está la Comisión de derechos humanos? ¿Quién publica las estadísticas de los docentes asesinados o violentados por padres de familia o alumnos? ¿Cuándo los sindicatos magisteriales han encabezado una marcha para denunciar y exigir un alto?

La presidente dice que hay que atender las causas sicológicas y sociales de esta marabunta. Es cierto: hay que empezar desde arriba.

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