En la Luna no hay viento, es decir, viento lunar, viento terrestre, como el que nos envuelve en este planeta. Allá existe el viento solar, que llega a su superficie con frecuencia por casi no haber atmósfera, y en contacto con las rocas lunares puede llegar a producir agua.
¿Por qué Antonio Muñoz Molina ha querido dar este título a esta especial novela? En el recorrido al que nos invita el autor-narrador-protagonista, poco a poco vamos descubriendo, desentrañando, descascarando el sentido profundo que vincula su propia vida con el viaje a la Luna del Apolo XI, el 16 de julio de 1969.
Aquel niño a sus 13 años recién se abre a la vida, asiste a una humilde escuela religiosa y vive en una familia pobre de hortelanos, de aceituneros. Ve en un anticuado televisor y escucha en un noticiero al narrador franquista recitar fragmentos de aquella aventura histórica que lo seduce: «Con los ojos cerrados me imagino que soy ese astronauta…».
El niño siente que el alma ha ido creciendo más de prisa que su cuerpo, aunque este a borbotones le ha exigido abrirse a una nueva realidad: a una vida, a un viaje que está más allá de las circunstancias políticas, sociales, religiosas, educativas que le ha tocado vivir. Pronto descubre, asustado, que sus vacaciones han desaparecido y ahora le espera unirse a su padre y a su madre en la tarea de recoger aceitunas entre las piedras, entre la nieve, lacerando y desollando sus dedos infantiles en ajenos olivares para lograr un auxilio a los escasos ingresos que les deja una pequeña huerta familiar.
Aparejado a este enfrentarse a las obligaciones familiares, en la exploración de su cuerpo su despertar adolescente descubrirá cambios que se manifiestan en ráfagas que lo inquietan, desasosiegan y apenan.
Aunque el ruido familiar y la desidia e incredulidad de sus padres y de su abuelo por la falta de conocimientos científicos le impiden escuchar, y más, ver y disfrutar lo que sucede en ese viaje sorprendente de la nave Apolo XI, el niño despierta a una nueva realidad y descubre, en la ciencia, un incentivo que lo impulsa a saber más, aunque pagando el precio de un solipsismo y una melancolía que lo acompañarán el resto de su vida.
En este proceso de crecimiento y descubrimiento, la rebeldía y la ruptura con las enseñanzas escolares, especialmente por el marco religioso en que se encuadran las nociones científicas, lo arrinconan cada vez más en su buhardilla, allá en el desván de su casa, donde refugia su soledad y puede hallar tiempo y lugar para construirse una nueva identidad. Aunque trabajará con ahínco en las labores familiares, su espíritu y su sensibilidad lo llevan a otras dimensiones del pensar y del sentir. Su obsesión sigue siendo el viaje de los tres astronautas, pero ahora ampliado con la lectura de las más grandes aventuras juveniles, con las novelas que nutren y sacian su precoz y ávida ansia de conocer y experimentar.
Así, día tras día, combinando e intercalando episodios de su vida en familia con sus limitadas indagaciones del viaje de los astronautas, con su bagaje de datos científicos que lo llenan de estupor y avivan su imberbe curiosidad, el niño abandona la lectura de libros infantiles y su espíritu, ávido, insaciable, prefiere proveerse de elementos que le den solidez y certeza: «Mi voz quiere explicarlo todo y está adiestrada no para hablar con nadie sino para actuar como mi compañía solitaria, la voz de la conciencia» (355).
Cuando los astronautas inician el viaje de retorno a la Tierra, después de recorrer durante escasas dos horas la superficie lunar, «cuando se acerca el momento de concluir el paseo y habrá llegado la hora de subir de nuevo la escalerilla y no volver nunca más a pisar el suelo lunar», solo quedan los restos que serán imborrables: una bandera rígida, un espejo, un sismógrafo y cada huella que los pasos han dejado…
Entonces cerramos las escotillas, abrimos las espitas para que fluya el oxígeno, nos quitamos los trajes espaciales, guardamos las cajas herméticas con las muestras recogidas, esperamos el efecto de los somníferos y los sensores adheridos a nuestra piel, cerramos los ojos y nos preguntamos si funcionará el motor de despegue… Entonces te encontrarás de regreso y te preguntarás «de qué viaje larguísimo vuelvo yo ahora cuando despierto…, si hace unos pocos minutos tenía trece años y ahora, en el espejo del cuarto de baño, soy un hombre de pelo gris extraviado de pronto en un porvenir más lejano que el de la mayor parte de las historias futuristas que leía entonces» (373). «Solo ahora nos damos cuenta del cansancio que actúa sobre nosotros con un peso de plomo más poderoso que la gravedad de la Luna» (367).
«Y cuando hayamos muerto y cuando no quede en ninguna parte ni el más lejanos recuerdo de nuestras caras ni tampoco el rastro de ninguno de los millares de pasos que damos sobre nuestro planeta» (367), encontraremos la casa vacía. Y «ahora, en los sueños que yo recuerdo cada vez que abro los ojos, la sombra frágil y esquiva de mi padre se aparta de mí cuando quiero aproximarme a ella. Así me huyen y me rondan otros fantasmas alojados en las habitaciones desiertas, en los armarios cerrados, en las casas vacías de la plaza, cada uno con su cara y su nombre, con una voz que me llama…» (375).
Antonio Muñoz Molina, en El viento de la Luna, hace uso de múltiples recursos literarios y estilísticos: mezcla los diferentes temas narrativos como la pérdida de la inocencia, el descubrimiento de la sexualidad, el aislamiento del adolescente y la rebeldía contra lo establecido, la ruptura con los cánones sagrados de la educación tradicionalista, la afición a la lectura, el desarraigo familiar y el develar los secretos familiares. Asimismo, en su texto convive una sabrosa mezcla de técnicas: Autoficción, novela de iniciación o formación, narración memorística, autobiografía, uso intertextual de textos científicos e históricos y el uso de las tres personas en la ágil identidad del narrador-protagonista-autor.
Una novela inolvidable.











