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CIRO Y EL FISCAL DE HIERRO

Columna Acertijos de Gilberto Haz

Coello Trejo: “Desde un principio dejé en claro que nosotros representábamos la ley, nunca permití que nadie se nos subiera a las barbas. Dicen que fui un cabrón; me acusaron, me persiguieron y me difamaron. Todo lo hice porque siempre he creído en la ley y en la justicia, pero, sobre todo, porque amo a México”, apuntó Coello Trejo en su libro.

Murió hace unos días un hombre de leyes, llamado el Fiscal de Hierro, de gran trayectoria en la procuración de justicia. A sus 77 años deja un legado de historia política y policiaca, desde aquella detención a La Quina Hernández Galicia, en tiempos de Carlos Salinas. Y de varios capos de los grandes, como el Señor de los Cielos.

Una historia del México que se fue, un hombre al que, quienes le trataron, le reconocían su amistad y gente de bien.

Uno de ellos fue Ciro Gómez Leyva, quien después que lo quisieron matar, se exilió por su cuenta en Madrid, donde ahora vive y desde allí transmite todas las mañanas su programa matutino informativo.

A mí me gusta el Ciro escritor, y un día después de la muerte de Coello Trejo, le escribió estas líneas en Excélsior. Van a su memoria.

LOS AMIGOS QUE SE VAN

I. “Mi amigo, me van a entregar mi silla de ruedas con motor y, si me lo permite, quiero estrenarla en su audiencia de la semana entrante”, me dijo don Javier Coello Trejo. Cumplió. El 6 de agosto entré con él y con el abogado Javier Esquinca a la Sala del Centro de Justicia del Reclusorio Norte, a la audiencia de siete horas en que se vinculó a proceso a Armando Escárcega, El Patrón, por un segundo delito relacionado con el atentado en mi contra. Don Javier –mi asesor de víctima–, a mi lado en su silla motorizada, nunca se movió, distrajo ni pestañeó. Siguió la sesión como un pasante deseoso de aprovechar la oportunidad. Salimos de noche. Me regresé en su camioneta escuchando su análisis puntual, estratégico; yo, como un pasante que anhelaba comprender.

II. Acordamos finiquitar el caso una noche del pasado octubre, en el bar del Four Seasons, en el centro de Madrid. Él, su hijo Javier y yo. Don Javier se iría al día siguiente a una clínica de Salamanca a tratarse un padecimiento que se le complicaba. “Mi amigo, esto no me está gustando, pero voy a dar la batalla, usted me conoce”. Creo que sabía que el desenlace no estaba lejos. Lo recuerdo en paz, orgulloso de los suyos. Entrañablemente generoso y cariñoso conmigo. Tomó una Coca-Cola sin azúcar. Resolvimos en tres minutos no objetar el procedimiento abreviado para El Patrón: que saliera de la cárcel, sentenciado, en 14 años, no en 30, o más. “Es lo que usted quiere y nosotros creemos que es lo mejor”, nos despedimos de la que sería nuestra última reunión del atentado”.

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