Caminando la ciudad y sus parques, llegué al llamado orizabeño Parque López, fui a dar gracias a la virgen en la iglesia del Carmen, orar por nuestros ausentes y pedir por los que aquí andamos. Junto recordé, porque hace años el padre Marcos Palacios me hizo una guía por ese lugar donde la palabra de Dios enaltece. Ahora entré como romero buscando a Dios. Platiqué con el personal, hay un par de señoras atendiendo una muy bien montada cafetería, un café, un libro y a platicar con el Patrón.
La iglesia estaba en operación limpieza, la mitad de las bancas levantadas verticales y en la otra mitad algunos pocos fieles.
Es mañana de sábado caluroso. Poca gente en la calle. El calor a 28 grados, aunque con anuncio de lluvia por la tarde. No sopla ni una pequeña brisa que refresque el alma y el cuerpo.
Enfrente se ubica el Archivo Municipal, tengo ganas de entrarle desde hace meses. Lo conozco, es una casona vieja y colonial, que el alcalde Enrique García Vera (+) un día rescató en su presidencia, la compró a unos particulares y allí fijaron el Archivo de la Ciudad, vale la pena lo vean y conozca. Bellísima casa. Pronto voy.
LA CASA DE LA MISERICORDIA
Entro a la Casa de la Misericordia. Esta casa de Dios debe tener más de 15 años que un día tomaron la misión de fe de dar de comer a los pobres, a un precio módico de aportación, uno ve desde la una de la tarde en la calle oriente 2 entre sur 9 y 11, a gente necesitada formada en forma ordenada.
Entro a la cocina y platico con las señoras voluntarias, que vienen de diferentes parroquias, y comenzaban a preparar los alimentos del día, ese día comerían verduras y carne y sus frijoles y un arroz que ya se antojaba.
Entonces encontré al Padre Román Elías, sacerdote muy conocido y querido por la feligresía, con más de dos décadas de servicio ministerial, buen amigo, a quien le agradezco cada que lo veo, las misas de cuerpo presente de mi esposa Matilde y mi hijo Juan Carlos. Guarda las fechas y me dice que cada día de su cumple de estar con Dios, reza por ellos, se lo agradecí.
Hablamos de esa Casa de la Misericordia. Cómo pueden, con aportaciones de mucha gente, van reuniendo la comida con fe, pulcritud y buen sabor. Me asomé con cada una de ellas, lo que una picaba las zanahorias o el chayote orizabeño, otra movía los frijoles y sus mantequillas fundidas.
Dan 200 comidas diarias y unas 50 para quienes laboran ahí. Hay jóvenes también sumándose a esos quehaceres.
Dios los debe recompensar. Ayudar a los que más lo necesitan, es una loable labor en Cristo.
Me han dicho que el Obispo Francisco Eduardo Cervantes Merino, seguido da sus vueltas a ver el desarrollo de ese comedero santo, y les agradece su participación.
Que Dios siga bendiciendo a todo este equipo de voluntarias y voluntarios, que preparan los alimentos para quienes tienen necesidad de ello.
Los enaltece y a Orizaba la sitúa como una ciudad humanitaria de su iglesia.








