La idea de acudir a un menú de degustación en un restaurante de tres estrellas de Michelin, sonaba muy atractivo. En México no hay un sólo restaurante con esas condecoraciones, y se logró, un miembro del grupo consiguió la reservación, debido a una cancelación de último minuto.
Ya sabía yo que era algo que costaba mucho, pero pensé que valía la pena tener una experiencia de ese tipo una vez en la vida, así que acepté acudir.
La primera sorpresa fue que hay rampa para silla de ruedas en la entrada principal, pero en el acceso al restaurante hay tres escalones, que uno debe de subir caminando, o en el peor de los casos, te levantan entre varios empleados y te suben a el área de alimentos.
La atención es impresionante, podría yo decir que abrumadora. Todo mundo te trata con excesiva amabilidad. Te asignan mesa, te sientan, y en unos minutos van por tí para llevarte a ver la cocina. Quién conoce cocinas limpias de restaurantes, no se sorprendería de la limpieza. Pero mucha gente que desconoce como funcionan las cocinas con nivel de calidad, se apantalla con la limpieza. Y uno debe de poner cara de ¨guau ¨, que impresionante limpieza y que impresionante cocina. Lo que sí es fuerte, es la cantidad de personas que trabajan allí.
Luego te pasan a un ¨laboratorio ¨ dónde inventan los nuevos platillos. El restaurante se ha ganado sus estrellas michelin gracias a sus diseños de platillos de fusión Vasco-Internacional. Allí te invitan un triangulito de queso, y dos traguitos de un vino típico del país Vasco. Tuvimos la suerte que apareció el chef, Don Pedro Subijana, de 77 años, quién nos atiende unos minutos y se toma la foto con nosotros.
Para la gente de alto pedorraje, codearse con el chef es algo extraordinario. Para quién como yo no conoce las costumbres de la alta alcurnia, me pareció algo Mmmmmj. Nada del otro mundo. Pero eso sí, sus empleados lo tratan como si de un Dios bajado del Olimpo se tratara.
Nos regresan a la mesa y viene la retahíla de platillos de degustación. Pero antes te ofrecen de beber, y una personita del grupo que conoce de vinos, nos comentó que mientras un buen vino francés o español en un restaurante mexicano puede superar los cinco o veinte mil pesos (Andy lo sabe), allí costaba mil trescientos la botella, así que acorde a la ocasión, pedimos esa botella.
Todos los platillos que nos sirvieron fueron damaño míni. Fueron muchos, aproximadamente trece tiempos, pero ninguno superó los cinco centímetros. Parecía que volvía yo a mi infancia con mis amigas y estaba jugando a la comidita, en unos enormes platos.
La experiencia, que es lo que venden, implica que un alto empleado del restaurante te explique con lujo de detalles como se prepara el platillo, cuáles son sus ingredientes, y como favor para mí, porque se lo pedí expresamente, ¿Cómo se come? Eso sí, todos los memes y bromas sobre ese tipo de restaurantes se quedan cortos. Cualquier babosada resulta que es algo extraordinario, sobre todo por las mezclas y fusiones realizadas por el chef.
Era tan larga cada explicación que al finalizar, ya no sabía yo que contenía el dedal que me iba a comer, ni cómo debía comerlo. Porque algunos platillos se toman con la mano, otros se untan en un pan, otros se comen de un solo bocado para apreciar la combinación de sabores, otros se beben. Las presentaciones muy bonitas, y de repente aparecía un platillo en una especie de florero, me refiero a un corazón de alcachofa en tallo largo, que encima llevaba algo frito (señoras recuerden que soy hombre y no sabemos explicar los detalles finos). Resulta que la alcachofa la agarras con la mano, te la comes a mordidas, y luego te bebes la sopa que viene dentro del florero, los tres traguitos. Porque allí nada es abundante.
Algunos platillos traen una muestra de caviar, otros trufa, y otros foie gras. Es decir, los ingredientes si son de primera calidad. Pero en la mesa hacíamos la broma, de que el que trae bogavante, seguramente obligaba a comprar un bogavante cada quince días, ya que la muestra de la langosta que te ponen en el platillo, considerando el tamaño del animal, debe de alcanzar para unos 40 platillos cuando menos. Para ser justos, una lata de caviar alcanzaría para unos 15 platillos, y un frasco de foie gras alcanzaría para unos 24 platillos.
Mi yerno dio la mejor explicación sobre la razón por la cuál no le gustó la comida, considerando que lleva ventaja porque es una persona muy educada: ¨Mi paladar no está preparado para disfrutar este tipo de manjares¨. Había productos que traían ingredientes que a uno le saben pesados, como grasa de res en gelatina. Otros algunas salsas que aunque te comieras una cucharada te caía pesado al estómago.
Si quieres ver cada platillo, puedes acudir a mi muro de Facebook, pues allí los subí. Por lo demás, después de 4 horas, ya te duelen hasta las ignacias, y ya te urge que termine la fabulosa ¨experiencia ¨.
Pagamos una pequeña fortuna, con la firme decisión de jamás volver a vivir una experiencia como esa, y nos fuimos a la terraza que tiene una vista preciosa al mar, para tomar un café o una infusión antes de irnos otra vez al centro de San Sebastián.
Ya no me cuentan y no me interesa repetir ¨la experiencia ¨. Ya se vivió, ya se pagó. Y el que te cuente que esos menús de degustación de mil estrellas michelin son una maravilla, te estará cuenteando y es un simple wannabe.








