En lo profundo del tiempo el rey de Uruk nos enfrenta a través de sus grandes aventuras con la cuestión principal de que un día nos llegará la hora final, nos guste o no desapareceremos. Nuestra existencia sólo es un insignificante intermedio. Siglos después, del mismo valle del Éufrates, Eclesiastés aprende del poema sumerio, de la primera gran obra escrita de la literatura universal en la historia de la humanidad, bebe de la Epopeya de Gilgamesh y se pregunta ¿cómo afrontar la vida, ya que nada en ella es seguro excepto la muerte? reflexiona sobre la fugacidad de los placeres, la incertidumbre que rodea al saber humano, la recompensa de los esfuerzos y bienes de los hombres, la caducidad de todo lo humano y las injusticias de la vida “Luego fijé la vista en todas las obras que habían hecho mis manos, y en todos los trabajos que yo me había afanado por efectuar; ¡y he aquí que el todo era vanidad y correr tras el viento; y no había provecho en nada debajo del sol!” Eclesiastés 2:11 (VM) No es difícil entender por la misma amarga experiencia que “todo es vanidad y correr tras el viento.” La lectura del mito de Gilgamesh a la luz del concepto “hybris” (desmesura, todo lo que sobrepasa una justa medida, orgullo, soberbia) nos ofrece la posibilidad de observar de que manera se empezaron a definir los límites de lo humano, en un momento tan alejado en el pasado del advenimiento de la filosofía como lo estamos nosotros en el futuro. La “Epopeya de Gilgamesh” nos plantea ya una cartografía del existir del hombre en el mundo que encontraremos luego en la mitología de la Grecia clásica: el hombre parece definirse como lo que es (lo que sea) en relación con unos límites que no puede traspasar -la inmortalidad de los dioses, por un lado: la inconsciencia de los animales, por otro-, pero frente a los cuales no puede por menos de enfrentarse con aquello que conforma la “esencia de su carácter”, la “hybris”, esa inalienable tendencia a traspasar los propios límites. Gilgamesh es el despótico rey de Uruk, cuyos súbditos se quejan a los dioses, cansados de su lujuria desenfrenada, la cual lo lleva a forzar a las mujeres de la ciudad. Los dioses atienden este reclamo creando a Enkidu, un hombre salvaje destinado a enfrentarse a Gilgamesh. Pero cuando ambos entraban en combate, en vez de darse muerte se hacen amigos para siempre y emprenden peligrosas aventuras. Juntos dan muerte al gigante Humbaba y al Toro del Cielo, y Gilgamesh rechaza el amor de la diosa Inanna. Como castigo a estos actos de impiedad, los dioses hacen que Enkidu muera en plena juventud. Impresionado por la desaparición de su amigo, Gilgamesh emprende la búsqueda de la inmortalidad, la cual le lleva hasta los confines del mundo, donde viven el sabio Utnapishtim y su mujer, únicos supervivientes del Diluvio, a los que los dioses concedieron el don que Gilgamesh pretende ahora. Sin embargo, el héroe no alcanza lo que pretende. En el camino de vuelta, encuentra, siguiendo instrucciones de Utnapishtim, una planta que devuelve la juventud a quien la toma; pero una serpiente se la roba y Gilgamesh vuelve a Uruk con las manos vacías, convencido de que la inmortalidad es patrimonio exclusivo de los dioses. El núcleo sentimental del poema se encuentra en el duelo de Gilgamesh tras la muerte de su amigo. La obra hace énfasis en la mortalidad humana frente a la inmortalidad de los dioses. Al reconocer Gilgamesh su inminente mortalidad se dedica a construir una gran y enorme muralla que proteja la ciudad de Uruk, gobernar sin traspasar límites, implantar la austeridad, dejar “hybris”, desmesura, orgullo, soberbia y todo lo que sobrepasa una justa medida.