Latona, o Leto, según cuenta la mitología griega, era una diosa muy bella que fue seducida por el poderoso Júpiter-Zeus, lo que despertó, o mejor, atizó una vez más los celos de su esposa Juno-Hera. Como venganza, ya que la Tierra-Gea le estaba reservada, Juno mandó a la serpiente Pitón a perseguir tenazmente a Leto y la diosa fue expulsada del Olimpo. Por compasión, Neptuno-Poseidón hizo surgir del mar la isla de Delos y allí Leto, bajo una palmera, dio a luz a unos gemelos. Nació primero Diana-Artemisa (la Luna) y auxilió a su madre en el parto de su gemelo, Apolo-Helios, el Sol. Diana es la diosa de los bosques, la cacería, las fuentes y la amapola.
El nombre latino Diana es una palabra celta compuesta de di y nox, es decir, Día y Noche, porque Artemisa puede reinar en el firmamento día y noche. Diana-Artemisa era diosa de la castidad y tenía un séquito de 60 doncellas, hijas de Neptuno, quienes le habían jurado permanente castidad y a las que protegía y vigilaba celosamente. Sin embargo, ella misma sucumbió al deseo y tuvo amoríos con el gigante Orión. Toda Grecia veneró a Diana y hasta en Persia (ahora, Irán) se le adoraba y ofrecía sacrificios de animales y hasta de humanos.
Apolo, por su parte, era el dios de las artes, las letras y la medicina. A él estaba dedicado el séptimo día de la semana (Sun-day) y, apenas cumplidos cinco días de nacido, vengó a su madre Leto matando a la serpiente Pitón. Fue director de las Musas y con sus flechas mató a los Cíclopes, por lo que Zeus lo expulsó del Olimpo. El pobre Apolo tuvo que ganarse la vida como pastor y tejero hasta que Zeus lo perdonó y lo comisionó a llevar las bridas de los cuatro caballos como conductor del carro solar.
Esta bella y singular historia parece ser vaticinio, profecía de lo que hemos visto y admirado en estos últimos días. Ambos, Apolo y su gemela Artemisa han estado ligados indisolublemente por la carrera de la conquista de la Casta Diva. Hace 50 años, el rubicundo y radiante Apolo, después de siglos, pudo ver que aquel escarabajo, con su nombre, visitara a su hermana. Ahora, Artemisa, por mediación de la cápsula que fue bautizada con el nombre del gigante Orión, finalmente fue generosa en mostrarse tal como es, en todo su esplendor diurno y nocturno, con sus dos rostros: uno, refulgente para ser contemplado y admirado, y el otro, oculto y misterioso para todos los míseros mortales.
En la madrugada, a las 3:56 horas del lunes 21 de julio de 1969, un estudiante de filosofía, con ojos de sueño y enfrascado en un suéter de lana para enfrentar el siempre fresco viento nocturnal de Xalapa, se unió a un grupo de compañeros para, en un rústico televisor en blanco y negro y con imágenes borrosas y salpicadas de una lluvia de destellos, seguir la transmisión de aquel acontecimiento que marcaría un hito en la historia de la ciencia: el espectacular y arriesgadísimo alunizaje del módulo lunar Eagle en el Mar de la Tranquilidad.
Dos astronautas: el comandante de la misión Apolo XI, Neil Armstrong, y el piloto del módulo lunar, Buzz Aldrin, pisaron por primera vez la superficie lunar, en tanto el tercer astronauta, Michael Collins, piloto del módulo de mando, circundaba la Luna, en espera de que, después de 21 horas de permanencia en la superficie lunar, el vehículo de sus compañeros despegara, se acoplara su módulo a la nodriza y emprendiera el retorno de los tres a la Madre Tierra, que aquí los esperaba en compañía del poderoso Neptuno.
(Mi tío nunca creyó ser cierto el tal alunizaje de la Apolo XI. Vivió y murió con esta certeza: todo fue un cuento filmado en el desierto de Sonora. Si la Luna es tan bella a la distancia, pero es un astro desolado, seco, estéril, inhóspito, ¿a qué ir?).
«Después de milenios de soñar con las estrellas, llegaría el deseo de viajar a ellas, como si contemplarlas no bastara y el ser humano necesitara también tocarlas, habitarlas, comprenderlas desde dentro. Y, de paso, por ambición y poder» (WMagazín, 29/04/26).
Así es la historia del hombre y así es, a veces, quizá muchas, el mundo de la ciencia. Ver el fondo de las cosas, tratar de entender, comprender y poder manipular la realidad, es un sueño que ha sacudido la imaginación y la inteligencia y la voluntad y, también, con pena, la ambición humana.
Ahora, Artemisa está de regreso a la Tierra después de un recorrido de 695.081 millas (1,118,620 km) desde su lanzamiento hasta su amerizaje en el Pacífico y haber pasado a 4.070 millas (6,550 km) de la cara oculta de la Luna, la que recorrieron en escasos 43 minutos, estando a 252.760 millas (406,776 km) lejos de la Tierra. Ingresa a la atmósfera a una velocidad endiablada de unos 38,620 km/h, más de 11 km por segundo, con una temperatura del escudo térmico de la cápsula Orión de 2,760 ºC, desde unos 40,000 km/h, (si los datos no están falseados por IA).
Neptuno los recibe con un efusivo abrazo, después de la visita que han hecho a Diana, su querida diosa, compañera de otros tiempos en el Olimpo y ahora separados por una distancia irremediable.











