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La política como maestra

Hace 17 años, allá por agosto de 2009, publiqué un artículo titulado La política educa.

Escribí: Uno de los señalamientos más comunes, que es al mismo tiempo una buena defensa de las limitantes del quehacer escolar, es el reconocimiento de que en la tarea educativa no solo interviene la escuela sino también y de manera muy importante una serie de factores externos: el medio familiar, los amigos, los compañeros, los medios de comunicación, etc. En esta lista muy pocas veces se hace mención de los acontecimientos políticos. Sin embargo, es indudable que los sucesos de la vida política tienen una influencia muy importante en la conformación de los valores en niños y jóvenes.

Aunque una familia se diga apolítica, aunque poco sea lo que se comente en el ámbito familiar del acontecer político, el entorno hace que los aciertos y desaciertos de los «hombres públicos» lleguen a niños y jóvenes y contribuyen a formarles un criterio, un punto de vista y, en última instancia, un futuro modo de actuar.

Se puede pensar que la vida política, o mejor, la forma de vivir, la manera de pensar y actuar de los políticos está circunscrita a ese medio, al mundo de ellos mismos, a sus declaraciones, a sus inclinaciones, a sus ideologías, a sus intereses, a sus relaciones, a sus riñas y pleitos internos, a sus filias, a sus redes de lealtades, etc. Que ellos forman una élite, una rara aristocracia tan lejana y ajena que no alcanza a influir, y menos a determinar, la conducta de los ciudadanos de a pie, y especialmente de los niños y jóvenes (tan inocentes e ignorantes los pobres…), que todavía viven en el edén de los sueños y las ilusiones.

Por mi parte, sigo pensando, como lo escribí hace ese rimero de años, y sigo creyendo que todo eso que piensan, hablan, declaran, defienden, pregonan y, lo que es peor, hacen los políticos, llega a las masas, llega a ese pueblo con el que se llenan la boca en sus discursos y mítines y desparrama un ventarrón de «ejemplos» y modos de pensar y actuar que terminan por ser aspirados, se institucionalizan como modos de conducta y hasta determinan comportamientos, incluso modos de ser y costumbres.

Esto me vino a la mente al leer la columna Estrictamente personal, del periodista Raymundo Riva Palacio, referente a lo que sucedió en la frustrada cena de la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca. Un tiroteo acabó con el sarao, y el presidente y demás altos mandos tuvieron que ser protegidos y desalojados abruptamente del salón. Riva Palacio escribió muy acertadamente: «cuando el poder se siente fuerte, domina el humor; cuando se debilita, aflora la tensión». Lo sucedido, añade, «se inserta en un clima político enrarecido, donde la polarización dejó de ser un fenómeno electoral para convertirse en una forma de identidad. En ese contexto, la violencia ya no sorprende y se vuelve coherente con el discurso» (El Financiero, abril 27,2026).

En efecto, cuando la simulación, la mentira y el engaño se enseñorean de las tribunas, cuando la impunidad es la forma de actuar de las autoridades, de diputados, senadores, gobernadores, jueces, ministros, policías, funcionarios de todos los órdenes y grados, no cabe sino esperar que muchos encuentren la inspiración y la justificación para hacer lo mismo y más.

Después del desagradable suceso, el presidente de los EE UU «Llamó a la unidad y condenó la violencia», informa Riva Palacio, y añade con su habitual ironía: «lo que no pasó desapercibido, pero tampoco puede recibirse con ingenuidad, porque el problema con esos discursos, cuando los preceden años de confrontación sistemática, es que se leen más como estrategia que como convicción».

Y más: veremos (ya vemos) a los niños y jóvenes emular ilógicamente esas conductas: sus juegos, sus diversiones y hasta sus sueños se ven contaminados con aquellas ideas y conductas. Seguimos viendo en la sociedad, en las comunidades, en los barrios, en las escuelas, en las fiestas, en las reuniones, cómo se esparcen y justifican la corrupción, la falsedad, el engaño, la mediocridad, la polarización, la antidemocracia, la arbitrariedad, los fanatismos, los rituales y cultos aberrantes, las sinvergüenzadas, las extorsiones, los atracos, los abusos, el rencor social y la violencia como aires malignos, contaminando y narcotizando las conciencias y pudriendo el tejido social.

«Trump, añade Riva Palacio, no es ajeno a la construcción de un lenguaje político que tensiona, divide y simplifica. Su narrativa ha sido, en gran medida, un catalizador de esa atmósfera que ahora dice querer apaciguar. ¿Es posible separar al Trump armonizador del que alimentó la desconfianza hacia instituciones y medios? Esta es la pregunta de fondo. Y la respuesta, por ahora, es incómoda: la reconciliación no se decreta, se construye».

Sucedió en EE UU. ¿Y aquí?

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