En los cantos XI y XII de la Divina Comedia, Dante Alighieri narra la visión que tuvo cuando, guiado por el poeta Virgilio, se introduce en el primer círculo del Purgatorio. Ambos suben por la hendidura de una roca y, estando en la cima, observan una cadena de sepulturas en las cuales están grabadas imágenes, «signos emblemáticos de lo que fueron los muertos enterrados en ellas, para perpetuar su memoria».
Virgilio, su guía y maestro, le explica el terrible simbolismo. En las imágenes grabadas en las sepulturas de piedra están retratados seres caídos por el vicio de la soberbia. Dante puede reconocer a gigantes, héroes, reyes, emperadores, gobernantes, líderes, ministros, jueces que, en afán de inmortalidad, abusaron de su poder, de su fuerza, de su riqueza, de su fuero.
Allí, en el Purgatorio, ya no existe la simulación, ya no existen los monumentos, ni las estatuas, ni los palacios: «Veíase a Troya convertida en cenizas y en ruinas. ¡Oh, Ilión!, ¡cuán abatida y despreciable te representa la escultura que ahí se distingue! Ahí los muertos parecen muertos y los vivos, realmente vivos».
Como ejemplos de soberbia se menciona a Níobe, hija de Tántalo quien, orgullosa de haber tenido siete hijos y siete hijas, insultó a Letona que solo tuvo a dos: Apolo y Diana. Por ello, estos mataron a todos los hijos de Níobe y ella fue convertida en una piedra que manaba lágrimas. Al rey David, que maldijo el monte Gelboé, y sobre este no volvió a caer lluvia ni rocío, y al tirano Roboam, hijo del rey Salomón, a quien el pueblo pidió que disminuyera los impuestos, y le contestó tiránicamente: «Yo los aumentaré, mi padre os hirió con azotes, más yo os heriré con escorpiones», y a otro rey: «Yo soy Umberto, y no es solo a mí a quien ha perjudicado el orgullo, sino que también ha acarreado la desgracia de todos mis parientes. Por mis pecados me veo en la precisión de soportar aquí este peso, hasta dejar a Dios satisfecho: ya que no lo hice entre los vivos, debo hacerlo entre los muertos».
Seres que tuvieron la osadía de desafiar el paso del tiempo y pretender que sus nombres pasaran inmunes el juicio de la historia. Son almas caídas, destruidas, que ahora se arrastran, se contraen, se retuercen, purgando una condena que, si bien es pasajera por estar en el Purgatorio, no deja de espantar y obliga a cerrar los ojos. Por ello, Dante avanza con la mirada pegada al suelo. No debe presenciar la pena a que están condenadas esas almas quebradas; «Mira hacia abajo, le dice Virgilio, pues, para que sea menos penoso el camino, te conviene ver el suelo en que se asientan tus plantas».
Finalmente, como símbolo de este vicio que ciega a cualquiera, como emblema y destino de los soberbios y engreídos aparece a la vista Arácné, joven pueblerina cuya habilidad para el bordado la hizo mostrarse superior a su maestra, Palas-Atenea, diosa de la inteligencia, las ciencias y las artes. Cuenta Ovidio que Aracné hizo de ello gran alarde en una competición en que ambas tejedoras mostraron su habilidad. Palas bordó las imágenes de los dioses del Olimpo y Aracné representó todas las infidelidades de Zeus-Júpiter. Ni Palas ni la Envidia pudieron reprochar la superioridad de su trabajo. La diosa, irritada, con su lanzadera golpeó cuatro veces en la frente a Aracné, causándole tal humillación que se ahorcó. Palas la salvó, pero Aracné fue convertida en una monstruosa araña que se retuerce y convulsiona en su propia condena y, como antes, se dedica a tejer sus telas. «Con igual evidencia, dice Dante, te veía ¡oh loca Aracné, triste sobre los rotos pedazos de la obra que labraste por desgracia tuya».
Ante tan terrible espectáculo, porvenir de las víctimas de la soberbia, Dante comprende que no es el destino lo que derrumba al hombre, es su propia altivez, su presunción, su altanería, su arrogancia, su vanidad, engreimiento, jactancia, fatuidad, pedantería, endiosamiento; sus aires de grandeza y sus ínfulas.
En este vicio, comprende Dante, nadie está a salvo de caer: la soberbia llega en silencio, no avisa, se apodera del alma humana, del corazón del hombre, allí habita y lo convierte en ruina.
Y concluye: «El rumor del mundo no es más que un soplo, que tan pronto viene de un lado como de otro, y cambia de nombres por lo mismo que cambia de sitios. ¿Qué mayor fama será la tuya, de aquí a mil años, separando de ti tu cuerpo envejecido, que si hubieras muerto antes? Ese espacio de tiempo, comparado con la eternidad, es mucho más corto que un abrir y cerrar de ojos… El tiempo, que da origen a la fama, la destruye, así como el Sol hace perder su color a la hierba que ha hecho brotar.
Por qué se engríe soberbio vuestro ánimo, cuando solo sois defectuosos insectos, como crisálidas que no llegan a desarrollarse nunca».

















