Uno podría ponerse a pensar, a prever, a dónde llegaría este país cuando el futuro se hiciera presente.
Este es, muy probablemente, el pensamiento que tuvo la escritora canadiense Margaret Atwood cuando, hace 41 años, lo visualizó en su novela El cuento de la criada, continuada después en Los Testamentos (2026).
Será un mundo en donde un golpe militar, ideado y ejecutado por un grupo de poderosos, decida que ya no es viable un sistema de democracia en el que ha sucedido lo que no debiera haber sido. Ahora, ese país, convertido en la república de Gilead, es gobernada por un grupo de tecnócratas: los Comandantes, que instauran un régimen dictatorial y autocrático escudados en el altísimo grado de violencia, desorden y corrupción que había provocado un sistema fallido.
La cúpula de los Comandantes denunció que en ese país se hablaba de libertad, del poder del pueblo, de la autodeterminación y soberanía como nación, se convocaba a elecciones que eran simulacros y se pregonaban derechos que día a día eran conculcados, infringidos, pisoteados, lo que originó un incontrolado caos social.
Esta nueva, ideal república, habrá suspendido definitivamente esas «mentiras». Ahora han quedado abolidas, en las leyes y en la vida cotidiana, esas molestias que han originado un mundo infeliz. No habrá más libertad de expresión, la verdad se dictará diariamente en una tribuna nacional. Las mujeres, sobre todo, están perfectamente organizadas y controladas. Las esposas de los Comandantes, por naturaleza o por comodidad infértiles, procrearán en los vientres subrogados de otras mujeres, sanas y robustas, propiedad de los Comandantes y bajo la severa vigilancia de las «tías». Ellas, valiosas solo por sus ovarios, son fecundadas por sus dueños en «ceremonias» asistidas por las propias esposas como testigos mudos y ciegos de un rito ajeno a cualquier indicio de placer y carnalidad. Los hijos serán propiedad de los amos y nada más. Si no conciben antes de los seis años, son asesinadas. Habrá también un sector dedicado a las labores del hogar (las Marthas), con solo el deber de obedecer para servir.
Todas las mujeres llevarán un nombre que indique claramente que son de la exclusiva propiedad de los Comandantes. Carecen de bienes personales, de autonomía, de intercomunicación, de toda actividad cultural. Nadie, excepto los propios líderes, podrán tener acceso a los libros. Cualquier insubordinación será sancionada con trabajos rudos, mutilaciones y ahorcamiento en El Muro. Como ejemplo, a la esposa del mismo Comandante mayor le fue mutilado un dedo por haberse atrevido a presentar unas posibles «mejoras» para la república.
Todos los rituales (entre los cuales resalta la obligación de usar frases religiosas siempre que se pronuncie cualquier saludo) son decretados por la asamblea de Comandantes, que gobiernan la república de manera totalitaria y déspota. Solo ellos tienen derechos absolutos y los ciudadanos restantes, solo deberes, forzosos e inevitables. Como líderes, deben sostener a la nueva república y tienen completa autoridad para «reformar» a cualquiera que intente desobedecer o violar el nuevo estilo de vida. Como recompensa, gozarán la libertad de acceder a todos los placeres y beneficios de su nueva situación. Y todos, absolutamente todos, son vigilados por los «Ojos de Dios».
En esta sociedad, la criada del primer comandante, nombrada Offred, (De Fred, ‘propiedad de Fred’), aunque madre de una niña procreada antes de ser capturada (y que le fue expropiada para darla a la esposa de otro dirigente), es asignada al Comandante, Fred Waterford, quien la fecunda. El hijo es dado en propiedad al propio Fred y a su esposa, Serena Joy, como «cuidadora».
Defred, según la novela de Margaret Atwood, representa a la mujer rebelde, que lucha por la libertad y la dignidad, por romper este estado de cosas. Inspirada en un grafiti de una celda: «No dejes que los bastardos te carbonicen», luchará en toda la novela. Primero, tratará de rescatar a su hija. Después hará repetidos intentos por huir de Gilead y finalmente encabezará una rebelión social, iniciando con las propias mujeres, para tratar de revertir esa indigna, desastrosa e inhumana nueva realidad.
Mejor nunca significa mejor para todos, pregona Atwood. Para algunos siempre es peor.



