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Los aduladores

Los aduladores

«Al acercarse al segundo foso se escuchan gentes que «se quejaban con gritos de parturientas y daban fuertes resoplidos, golpeándose con sus propias manos. Las paredes están incrustadas de un moho formado por las exhalaciones de abajo, que se pegaba a ellas y ofendía tanto a la vista como al olfato».

En el canto XVIII del Infierno, de la Divina Comedia, Dante Alighieri nos presenta una forma muy común de corrupción del ser humano: la adulación.

Se trata de un fallo, un desajuste, un traspié en la conducta originado por una relación corrupta entre seres humanos y que es severamente castigado.

Los aduladores son seres sumergidos en la segunda fosa del terrible octavo círculo infernal, el Malebonge (el Engaño), escenario en donde muy pronto aparecerá en persona el mismísimo Lucifer.

«Aquí llegamos, y desde aquí, en lo más hondo del foso, descubrí gente sumida en un estercolero, que parecía proceder de las letrinas humanas, y mientras registraba aquella cloaca con los ojos, vi uno con la cabeza tan cubierta de inmundicia, que no se conocía si era seglar o clérigo. El cual, gruñendo me dijo: ¿Por qué ese afán de mirarme a mí más que a esos otros asquerosos? Y le respondí: Porque, si mal no recuerdo, te he visto antes con los cabellos enjutos y eres Alejo Interminei (famoso adulador de Florencia), por eso te miro más que a los otros. Y él entonces, dándose un puñetazo en la cabeza, exclamó: A este abismo me han traído las lisonjas que mi lengua no escaseó jamás».

Ese hediondo lago de estiércol representa la suciedad edulcorada de las palabras y de la fingida admiración a quien los aduladores ensalzan y loan para obtener prebendas. Así, entre lisonjero y adulado se entabla una relación de engaño compartido.

Mientras vive, el adulador se vale de melosos halagos para manipular a alguien, generalmente poderoso, pretendiendo así obtener beneficios que no podría lograr por otros medios.

Sabedores de que por educación, esfuerzo, dedicación y trabajo son incapaces de alcanzar un poco de riqueza o poder o fama, siguen y persiguen a alguien demostrándole supuesta admiración o respeto de modo exagerado, mentiroso y zalamero. El típico lambiscón a quien el amo le pregunta ¿Qué hora es? Y el infeliz adulador responde quitándose el sombrero y doblando la cerviz: La que usted diga, señor.

De esta manera, el poderoso lenguaje se corrompe y la comunicación humana deja de ser manifestación de legítimo respeto entre semejantes, y lenguaje y comunicación terminan por ser la ostentación de poder y soberbia frente al subordinado, al siervo, y se convierten en una relación ensuciada y envilecida. Una relación de servilismo que deshumaniza al adulón y al mismo adulado si con ello este siente que se eleva su poder y aquel que puede adquirirlo. Las diferencias entre quien representa un poder y quien a él aspira no se pueden zanjar con la humillación y pérdida de la dignidad de uno frente al otro: ambos se deshumanizan. En este caso, una persona se convierte en un medio para obtener resultados, se instrumentaliza, y la otra se comporta como un mediocre explotador, sin que ambos reconozcan la abdicación que hacen de sus propios valores, que deben ser insobornables e ineludibles.

Ya no se trata de ser servicial, sino de ser servil. Y el servilismo es la pérdida del propio valor, es la fractura de la propia dignidad que es consustancial al ser humano.

Aristóteles, en el libro octavo de su Ética a Nicómaco, al escribir sobre la amistad explica la diferencia con la adulación, forma frecuente de comunicación entre humanos: «Es la que está fundada en la utilidad que se puede sacar de ella, siendo por eso débil y frágil, y también mudable. Esta relación no se mide sino por la esperanza del bien personal que se sacará de ella».

Dice el estagirita que la virtud (en este caso, la amistad) es el justo medio entres dos vicios: la envidia que niega o no reconoce las cualidades de alguien y la adulación que las inventa o exagera por llano interés.

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