LA GULA, LOS EXCESOS, LA AMBICIÓN

El diccionario define la gula como el ‘Exceso en la comida o bebida’, y ‘Apetito desordenado de comer y beber’. Pero no solo es eso.

En el Canto VI, tercer círculo del Infierno de la Divina Comedia, se narran «nuevos tormentos y nuevas almas atormentadas». Allí se castiga a quienes en vida se dejaron dominar por los excesos y el apetito sin control. Lejos saciar sus deseos no reprimidos, ahora están condenados a un tormento constante: yacen sumergidos en el lodo, bajo una fuerte lluvia fría, sucia, pestilente, maldita y eterna, símbolo de la degradación a la que llevaron su existencia: «Espesos granizos, agua negruzca y nieve descienden en turbión a través de las tinieblas; la tierra, al recibirlos, exhala un olor pestífero».

La escena es terrible. Las almas yacen abandonadas, sepultadas en el enviciamiento representado por la ciénaga, de la que no pueden librarse. Aquí la voracidad, el abuso, el desorden de sus vidas se torna suplicio eterno.

En medio de este paisaje desolador aparece Cerbero, «el gran gusano», «fiera cruel y monstruosa, que ladra con sus tres fauces de perro contra los condenados que están allí sumergidos». Su ferocidad representa el apetito insaciable que consumió a estas almas en vida y que ahora son sus víctimas. «Tiene rojizos los ojos, los pelos negros y verdosos, el vientre ancho y las patas guarnecidas de uñas que clava en los espíritus, les desgarra la piel y los descuartiza». Su presencia refuerza la brutalidad del castigo: así ahora los ambiciosos, ávidos de poder, que actuaron en vida con excesos, sin poner límites a su hambre de dominio y de riquezas, sin dignidad ni control, en esa misma proporción recibirán su castigo y tendrán que enfrentarse a la justicia.

Cuando el perro Cerbero descubre a Dante y a su guía, abre sus fauces y enseña sus afilados colmillos. Entonces, Virgilio «cogió tierra y la arrojó a puñados en las fauces ávidas de la fiera. Y del mismo modo que un perro se deshace ladrando, y se apacigua cuando muerde su presa, ocupado tan solo en devorarla, así también el demonio Cerbero cerró sus impuras bocas, cuyos ladridos causaban tal aturdimiento a las almas que quisieran quedarse sordas». De esta manera, sin violencia, sin miedo, con decisión y astucia se logra calmar a la fiera: dándole de comer desperdicios. Así se enseña a enfrentar y calmar los deseos y ansias de dominio y destrucción de los voraces del poder, de quienes pierden todo sentido de mesura y decencia.

Aún asombrado Dante por el monstruoso Cerbero, se le presenta un conocido suyo: un bufón al que llamaban Ciacco, «el puerco» y  que durante su vida representó la corrupción  en Florencia. Su castigo estremece a Dante, quien le pregunta «¿En qué pararán los habitantes de esta ciudad tan dividida en facciones? ¿Hay algún justo entre ellos? Dime por qué razón se ha introducido entre ellos la discordia». El aludido le responde con lo que parece una advertencia y una profecía: «Después de grandes debates, llegarán a verter su sangre, y el partido salvaje arrojará al otro partido causándole grandes pérdidas. Luego, será preciso que el partido vencedor sucumba, y que el vencido se eleve, merced a la ayuda de aquel que ahora ensalza. Esta facción llevará la frente erguida por mucho tiempo, teniendo bajo su férreo yugo a la otra, por más que se lamente y avergüence. Aún hay dos justos, pero nadie los escucha: la soberbia, la envidia y la avaricia son las tres antorchas que han inflamado los corazones».

Los encuentros con el perro Cerbero y con el «Puerco» enseñan que hay gula en todo apetito desmedido, en todo desenfreno. En este lugar infernal se ubican quienes ambicionan el poder sobre todo y sobre todos, quienes son llevados por el afán de riqueza y lucran con el hambre y la enfermedad; quienes se agencian contratos leoninos que se cubren con los dineros del pueblo, quienes son presa de las ambiciones más destructivas surgidas de los deseos excesivos que amenazan y buscan cumplirse sin control, quienes no logran desprender su alma de las cadenas de lo material y dejan que la voracidad los gobierne.

Este castigo no censura ni desaprueba a quien tiene un anhelo legítimo de superación, de mejorar su vida y de alcanzar sueños justos y nobles. Aquí se marca con hierro candente los afanes desmedidos de acumular riqueza y poder, rompiendo los cauces de la mesura, la prudencia y la justicia. Se cuestiona severamente el ejercicio incontrolable de dominio, de la fuerza física, el armamentismo, el uso y abuso de las tecnologías que pretenden adueñarse del mundo, de las relaciones sociales, el tejido familiar, los alimentos, la seguridad, la vida privada, los medios de comunicación, el lenguaje, las creencias, la salud y hasta del tiempo libre, los deportes y la diversión.

Este canto no solo describe los castigos físicos a que serán sometidos, sino hace reflexionar sobre las consecuencias de una vida licenciosa, vacía, que lleva al ser humano a su desgaste y advierte de la necesidad de que la vida se lleve por los senderos de la mesura y el control, resistiendo la presión que ejercen los impulsos de la propia naturaleza y respetando el derecho de todos al uso de los bienes comunes.

Al final de los tiempos, dice Virgilio a Dante, «Cada cual encontrará entonces su triste tumba: recobrará las carnes y la figura, y oirá el juicio que debe resonar por toda la eternidad».

Pro lucro, pallida tabes, ‘¡Oh, vergonzosa plaga de la avaricia!’ (Lucano).

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