Homero, cine y literatura

Homero, cine y literatura

Cine y literatura, dos artes con un base común y diferentes medios de expresión. El gran poder de la literatura es su capacidad de inducir, de provocar imágenes desde la palabra, el poder del cine es la imagen misma, su hechizo, cuyo registro es la palabra, pero sin diálogos excesivos ni alardes discursivos.

Allá, por el año 800 a. C. el hombre, el hombre griego, no sale de su asombro antes las cosas que suceden, ante los hechos: las estrellan se acuestan en el océano, la aurora sale de su lecho y con sus dedos tiñe de rosado el mundo, la vida es inexplicable y puede desaparecer por el agujero que haga el bronce de una lanza. Los sueños son mensajes de los dioses y las enfermedades, castigos. Todo es misterio que se acerca al hombre con el rocío de la mañana, el vuelo de las aves, el verdor de los bosques, las olas del mar, las cimas nevadas de las montañas, el viento que asura los campos. El hombre es aún primitivo, inmediato, a él le hablan las cosas de forma directa, lo asombran, lo apabullan, lo hacen vibrar.

Entonces nace el cantor que recrea ese mundo en el que solo cuenta lo que está ahí, ante él: el dolor, la alegría, la copa de vino, una mujer hermosa, un sueño, un relámpago, una tempestad, una hechicera. Es el cantor del hombre que recrea el mundo y lo expone, lo muestra íntegramente con imágenes. Es el cine esencialmente: acción, imagen y, de ahí, su significado.

Aquí aparecen los componentes básicos del «cine» homérico: los temas, la construcción y el montaje.

Los temas: Lo que más importa en la Ilíada y en la Odisea no son en sí las cosas (el ojo del cíclope, la pócima de Circe) sino el corazón de Odiseo, el corazón de Telémaco, de Penélope, de Calipso, de los Feacios, de los compañeros de Odiseo: el profundo corazón del hombre. Es lo que nunca puede faltar en el buen cine: narración con imágenes, acción sin grandes complicaciones pero que despierte el interés por sí misma, que nos absorba lo que sucede y que contenga profundos significados. Como escribió un gran director de cine: «Penetrar en lo profundo de la humanidad de los personajes constituye siempre el mayor secreto para conquistar al público».

Así, cuanto sea más humano de verdad más grande será el cine. Y es más humano en cuanto aborde sentimientos y reacciones humanas. Más allá de recursos técnicos, de color, de efectos visuales y estruendos sonoros, el dolor, la lucha, el deseo del corazón humano es lo que lo hace grande. Ahí está Odiseo, el hombre eterno frente a todos los miedos terrenos y celestiales: cíclopes, escollos, sirenas seductoras, hábiles hechiceras, princesas encantadas, seres de ultratumba y todo impregnado de humanismo, con la nostalgia (nostos), el anhelo del hogar, de la familia, de la esposa, del tálamo.  Este es uno de los secretos del «cine» de Homero, que siempre construye las acciones centrado en el interés humano, en la significación de sus personajes y en su técnica narrativa.

La construcción. Tres cosas definen al cine: lo que cuenta (acción), el valor plástico (la imagen) y su sentido profundo. Por la acción y por la imagen es como Homero habla de los más fuertes sentimientos y pasiones de los hombres, de los héroes, de sus hazañas, de sus debilidades. Habla de las cosas por lo que se ve desde fuera, por las acciones. Y lo hace mediante su propio lenguaje: induciendo imágenes que proporcionan interés, absorben y aportan significado. Así Homero construye la narrativa, despertando el interés, dando significado a sus personajes y mediante su singular y original técnica narrativa.

Tanto en la Ilíada como en la Odisea, la narrativa de Homero es magnífica. En la Ilíada, de una guerra que lleva diez años, toma solo los últimos cuatro días, y de ellos, el momento culminante del enfrentamiento de Agamenón y Aquiles, los personajes centrales. En la Odisea, después de la década de la guerra troyana, de los diez años que tardó el recorrido de regreso a su isla, toma la última semana, cuando Penélope (astucia y fidelidad), es descubierta en su artimaña de tejer y destejer el sudario de Laertes y está obligada por los Pretendientes a tomar una indeseable decisión; cuando Telémaco, su hijo, alcanza la mayoría de edad y adquiere un nombre propio, y cuando Odiseo se encuentra en el sitio más alejado de su hogar, la isla encantada de Calipso. No empieza, pues, con el origen del conflicto bélico, ni en la Ilíada ni en la Odisea. Es a partir de acciones medulares que después construirá sus cantos y desgranará cada episodio relatando acciones pasadas (analepsis) y futuras (prolepsis).

Este inicio a la mitad de toda la historia (in media res) es y ha sido una lección básica de la narrativa literaria y de la cinematografía. Unas cuantas líneas, unas cuantas imágenes y acciones y el espectador o lector están atrapados, han penetrado el significado y la naturaleza de los personajes, comprendido el profundo problema de seres de carne y hueso, y así podrán seguir, en suspenso, el hilo narrativo (en palabras o en imágenes) hasta llegar a la asimilación cabal y total de cada poema. Esa es la magia de la literatura y del buen cine. Y Homero es el maestro.

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