Libros prohibidos, quemados, vivos

No necesitamos remitirnos a las aberraciones de los detestables nazis, de los fascistas, de los inquisidores, de los torpes tiranos de antaño que quemaban bibliotecas completas (Alejandría, los códices aztecas), de los comunistas soviéticos, de los anticomunistas del macartismo, de los fieles de  la Revolución Cultural china, de los patéticos «comandantes» de Gilead de Margaret Atwood, o de aquellos infelices bomberos que se dedicaban a quemar libros (Bradbury). La lista podría hacerse tan lamentable como esa otra que anda por ahí, persiguiendo…

Es la tarea devastadora de los reacios a la cultura, a que la gente se ilustre, se eduque, se supere, porque ven en la lectura un enemigo que puede desbarrancar sus pretensiones totalitarias.

Sabemos que, por ejemplo, en el año 2023, «las escuelas del condado de Florida de Orange retiraron de las aulas un total de 673 títulos, entre los que figuran títulos de Gabriel García Márquez como El amor en los tiempos del cólera; de Isabel Allende, como La casa de los espíritus. También están vetados Madame Bovary (Flaubert) y La casa de Bernarda Alba, de García Lorca». Y «Un reciente reporte de la organización PEN America reflejó que en el año académico 2022-2023 se produjeron en total 3 362 casos de vetos de libros en las escuelas públicas del país». (Sofía Campos, LA RAZÓN, en La Palabra del Día, 14/10/2025).

Predicando en el desierto, Isabel Allende expresó: «Es vergonzoso y peligroso en una democracia».

Ante esa desatada furia contra los libros, la lectura y las ideas renace la esperanza con la aparición de obras que pretenden desarmar la embestida. Series televisivas como el Cuento de la criada, o películas, como Odisea, hacen un trabajo de titanes abriendo caminos para retornar al humanismo que nos está haciendo tanta falta.

Cuando la Edad Antigua se desvaneció y la Edad Media palidecía, siglos XIII y XIV, se vislumbraba un gris y triste panorama, con el imperio romano por tierra, Europa invadida por los bárbaros, olvidados los antiguos dioses dueños del mundo, las pinturas destruidas, las estatuas de bronce derretidas y convertidas en cañones, la lengua universal repartida y mezclada con los dialectos regionales, los centros culturales invadidos, las bibliotecas de los monasterios asoladas y la moral relajada, la humanidad tuvo la osadía y la virtud de iniciar el ingente trabajo de rescatar la esperanza.

Nuevos vientos soplaron, tal vez evadido de su escondite el viejo dios Eolo; las nubes aclararon, nuevos poderes se irguieron con nuevas ideas, aparecieron atrevidos y valientes filósofos y científicos rescatando la fe en la capacidad del hombre para buscar y develar los secretos y hallar la verdad en los fenómenos naturales, aun sorteando o viéndose sometidos o aniquilados por ciegos poderes.

Surgieron de su pasado los grandes valores que legaron los humanistas de antaño. Las culturas griega y romana aportaron ideas, valores, criterios, vertidos en historias redivivas. Aparecieron artistas que aventuraron la mezcla de los valores estéticos de la antigüedad con los requerimientos de una nueva sensibilidad. Reaparecieron los grandes poemas épicos, la Ilíada, la Odisea, la Eneida; las comedias de Aristófanes y Plauto, las tragedias de Esquilo, Sófocles y Eurípides; la gramática, la literatura libre y atrevida, la cosmografía y la alquimia, la medicina, las leyes y la política.

Obras como la Divina Comedia, del florentino Dante Alighieri, hacen acopio de tal amalgama de saberes que sorprenden a los lectores por la feraz erudición. Ahí se encuentra un compendio de lo concebido como fe pura y el fanatismo, el príncipe justo y el aborrecible tirano, el ignorante y el poderoso, el valiente y el menguado, el fuerte y dominante y el débil y sojuzgado, el justo aquí y el criminal sátrapa allá, el traidor sinvergüenza y el amigo sincero, la amante infiel y la amada divinizada.

Todo ese fascinante mundo del Renacimiento encontró la forma de brindar un humanismo de rostro pulido para que el hombre reencontrara su lugar en el centro del universo. Se trata de un humanismo inspirado en los mejores ideales, que pronto fructificarán en medio de aquella mezcla que amenazaba la fatalidad y la imposibilidad de encontrar un mundo en el que poder vivir.

La cultura, los libros resurgieron y se diseminaron por ese mundo y nos dejaron obras inmortales que, ahora, en medio de este caos, tienden a empujar, contra los mismos o peores obstáculos que enfrentaron en aquellos nebulosos ayeres. Por eso, en un muro de la demoníaca República de Gilead aparece una cruda sentencia: «No dejes que los bastardos te carbonicen» (Capítulo 29).

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