Por: Gil Gámez (Grupo Milenio)
Julio Scherer García murió en 2015. La unanimidad, esa flor rara, rodeó sus funerales con la corona de la admiración. En estos días cumplió cien años de su nacimiento y la prensa recuperó algo de su figura definitiva en nuestro periodismo. Si Pitágoras no miente, hace once años, Gilga se acercó a sus libreros y echó mano de uno de los libros más apreciables de Scherer, páginas de un memorialista importante que supo retratar una época: Vivir, publicado por Planeta en el año 2012, la historia de un viejo periodista irrepetible. Gil se anima a recoger esos subrayados de quien fundó el periodismo moderno mexicano.
“Fui reportero de Excélsior y me casé con Susana. Como periodista me sentí trastornado cuando vi publicada mi primera nota en el diario. Me soñé cazador de especies inauditas, las exclusivas desplegadas a ocho columnas. El día que contraje nupcias con Susana, torpe como lo he sido desde mi nacimiento, extravié el anillo de casado. Susana lloró y tiró su argolla. Ella me preguntó si la pérdida no sería un mal augurio. Le dije que no, que anunciaba nuestra libertad.
En mi primer encuentro con Díaz Ordaz recibí el golpe de una acusación extrema: era yo, a su juicio, un traidor a México. A partir de entonces no volvería la tranquilidad a Reforma 18. Una campaña sistemática buscaba el desprestigio del diario. Nos acostumbramos a la descalificación.
El último trabajo antes de ascender a la dirección de Excélsior fue en Praga, su “primavera”, la vuelta a la democracia sin un disparo, la revolución de terciopelo (…) Cuatro meses después sería elegido director de Excélsior. Estábamos a 15 días del 2 de octubre, el mundo mexicano se descomponía. El escritorio de don Rodrigo del Llano y don Manuel lo veía inmenso. Abrí desde el primer día las ventanas del balcón del tercer piso que daban al Paseo de la Reforma. Me descomponían los gritos de “prensa vendida”, consigna con la que las marchas estudiantiles increpaban el edificio de Reforma 18. Sentía su cólera. Pero miraba y escuchaba. Fresco el aire, en el balcón solía platicar con los reporteros.
Luis Echeverría llegó al poder y al final del sexenio dio el manotazo que acabó con Excélsior. A la distancia recuerdo la asamblea que a muchos nos echó a la calle. Me veo a mí mismo y apenas me conozco. Soy yo y no soy yo. De entonces a la fecha la vida ha cobrado una velocidad que se dispara y que no podría imaginar que tan lejos llegaría.
Veo a Vicente Leñero al lado de Gastón García Cantú y los imaginé unidos para siempre; veo a Elena Guerra, los ojos secos y el alma inundada; veo a Bambi con su pequeña bolsa de mano que ocultaba en su interior una pistola calibre .22. Vi a Ángel Trinidad Ferreira, compadre desde la primera semana que nos conocimos, bailarín, pitcher, jugador de dominó, invencible en el pleito callejero.
Proceso nació el 6 de noviembre de 1976, aún bajo el gobierno de Luis Echeverría. En la portada apareció mi nombre con el título de director general, una dolorosa remembranza de Excélsior.
Gil transcribió esta frase de Tomás Eloy Martínez: “De todas las vocaciones del hombre, el periodismo es aquella en la que menos lugar hay para las verdades absolutas”.











