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MUERTOS (EDUARDO GALEANO)

Columna Acertijos de Gilberto Haz

De Carlos Fuentes: “Qué injusta, qué maldita, qué cabrona es la muerte que no nos mata a nosotros sino a los que amamos”.

Eduardo Galeano aborda el tema de la muerte y los muertos en varios de sus relatos, microcuentos y reflexiones, especialmente en su obra El libro de los abrazos (1989), donde recopila viñetas breves que entrelazan el dolor, la memoria, la rabia y el amor hacia los que ya no están.

• La muerte cotidiana y social: Galeano no trata la muerte solo como un hecho biológico o solemne, sino como una realidad marcada por la injusticia, la violencia política, los abusos del poder o los accidentes cotidianos (como en sus reflexiones sobre las víctimas de la carretera o la represión en América Latina).

• La memoria como resistencia: Para Galeano, los muertos siguen vivos a través del recuerdo, el afecto y la lucha de quienes quedan. En sus textos, el duelo no es un punto final, sino un diálogo con la ausencia.

• “La pequeña muerte”: Un texto icónico incluido en El libro de los abrazos donde reflexiona sobre el orgasmo, el amor y la paradoja de morir y nacer al mismo tiempo.

“El que hizo al sol y a la luna avisó a los Taínos* que se cuidaran de los muertos.

Durante el día los muertos se escondían y comían guayaba, pero por las noches salían a pasear y desafiaban a los vivos. Los muertos ofrecían combates y las muertas, amores. En la pelea, se esfumaban cuando querían; y en lo mejor del amor quedaba el amante sin nada entre los brazos. Antes de aceptar la lucha o de echarse junto a una mujer, era preciso rozarle el vientre con la mano, porque los muertos no tienen ombligo.

El dueño del cielo también avisó a los taínos que mucho más se cuidaran de la gente vestida. El jefe Cáicihu ayunó una semana y fue digno de su voz: Breve será el goce de la vida, anunció el invisible, el que tiene madre pero no tiene principio: Los hombres vestidos llegarán, dominarán y matarán”.

MI SEGUNDA MUERTE

Yo me había pasado toda la vida diciendo adiós. Carajo. Toda la vida diciendo adiós. ¿Qué ocurría conmigo? Después de tanta despedida, ¿qué había dejado yo? Y en mí, ¿qué había quedado? Yo tenía treinta años, pero entre la memoria y las ganas de seguir se había amontonado mucho dolor y mucho miedo. Había sido muchas personas, yo. ¿Cuántas cédulas de identidad tenía?

Otra vez había estado a punto de naufragar. Me había salvado de morir una muerte no elegida y lejos de mi gente, y esa alegría era más intensa que cualquier pánico o lastimadura. No hubiera sido justo morirme, pensé. No había llegado a puerto este barquito. Pero, ¿y si no había ningún puerto para este barquito? En una de ésas navegaba por el puro gusto de andar o por la locura de perseguir aquel mar o cielo luminoso que había perdido o inventado. Ahora, morirme hubiera sido un error. Yo quería dar todo antes de que la muerte llegase, quedarme vacío, para que la hija de puta no encontrara nada que llevarse. ¡Tanto jugo que tenía todavía! Sí. Era eso lo que me había quedado al cabo de los adioses: mucho jugo y ganas de navegar y angurria de mundo.

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