Apolo (el Sol) hijo de Júpiter y Latona, vivía en el Parnaso. Era el protector y director de las musas, de las artes, las letras y la medicina. A los cinco días de nacido, con flechas que le dio Vulcano mató a la serpiente Pitón que acosaba a Latona. Ató a los cíclopes, que eran quienes fabricaban los rayos de Júpiter, por lo que este lo desterró del Olimpo y lo obligó a ganarse la vida de pastor. Al robarle Mercurio el ganado, su patrón lo despidió, y tuvo que sobrevivir haciendo tabiques para la construcción de Troya. Al perdonarlo, Júpiter le encomendó guiar el carro del sol.
Era Apolo, además de símbolo de la belleza masculina, un eterno enamorado de la ninfa Dafne, hija del Río Peneo y de la Tierra. Joven y hermosa doncella, custodiaba las selvas, formaba parte del séquito de Diana-Artemisa, gemela de Apolo, la diosa de los bosques y de la caza. A ella Dafne consagró su vida y su virginidad
Reacia al matrimonio, su belleza despertó el amor de muchos admiradores. Apolo la pretendió incansable. La vigilaba y, escondido entre los arbustos del bosque, no perdía ocasión de ofrecerle su amor.
Cuenta Ovidio, en sus Metamorfosis, que este amor eterno de Apolo por Dafne no fue asunto sencillo y natural. La causante fue la cruel ira de Eros-Cupido porque Apolo, no solo era engreído por su belleza y por ser hijo de Júpiter, sino porque había podido matar a la terrible serpiente Pitón.
Un día Apolo vio a Cupido tensando su arco y lo increpó: «¿Qué intentas hacer, desenfrenado niño, con esas armas? Estas son propias de mis espaldas con las que puedo enfrentar a bestias y enemigos. Tú conténtate con encender amores y no trates de igualar mis victorias». Cupido le contestó furioso: «Tu arco lo traspasa todo, pero el mío te traspasará a ti». Y dicho esto, se encumbró en el monte Parnaso, tensó el arco y disparó dos flechas, una, de oro y aguda punta, incita al amor; la otra, roma, obtusa, chata, es de plomo y lo ahuyenta. Con la primera hirió a Apolo y con la segunda a Dafne. El primero ama enseguida, la otra rehúye hasta el nombre de sus pretendientes pues, dice Ovidio, «no puede soportar el yugo de un hombre». Ella quiere ser libre y correr por los bosques «sin preocuparse del himeneo, ni del amor, ni del matrimonio».
Sin embargo, el padre de Dafne no dejaba de importunarla: «Hija, me debes un yerno, me debes unos nietos». Ella, ruborizada, le contestó: «Padre, déjame gozar siempre de mi virginidad, lo mismo que le concedió a Diana su padre Júpiter». Y el padre le insiste: «Estos encantos que posees, Dafne, son un obstáculo para lo que quieres, y tu hermosura se opone a tu deseo».
Aun así, Dafne continúa rechazando las acechanzas de Cupido: «como arde la ligera paja, así el dios se consume en las llamas» Contempla su cabellera en desorden y desea arreglársela, ve sus ojos semejantes a estrellas, ve su boca y no le basta con admirarla, le encantan sus dedos, sus manos y sus brazos. Si algo queda oculto, lo cree más hermoso todavía… Dafne, empero, huye más rápida que la brisa y no se detiene ante esas ardientes palabras.
El enamorado porfía: ¡Oh, ninfa, detente, te lo suplico! No te persigo como enemigo, te persigo a causa de mi amor hacia ti. Temo que caigas y que tus piernas se vean arañadas por las zarzas y yo sea la causa de tu dolor. No soy un habitante de la montaña, ni soy un pastor, ni soy un hombre inculto que cuida rebaños. A mí me obedecen todos los pueblos, mi padre es Júpiter, yo adivino el futuro y el porvenir y soy quien inspira todos los cantos. Soy padre de la medicina y, sin embargo, el arte que es útil a todos a mí no me aprovecha, pues no hay remedio para el amor.
La Ninfa, sorda al clamor del enamorado, acelera su fuga y lo deja con sus palabras sin terminar. «Los vientos, dice el inspirado Ovidio, desvelaban sus carnes, agitaban sus vestidos y echaban hacia atrás sus cabellos. Su huida realzaba más su belleza».
Apolo, no puede soportar y redobla su carrera, y ayudado por las alas del amor alcanza a Dafne y su cálido aliento la hace estremecer.
Ella, perdidas sus fuerzas, palidece, y vencida por la fatiga implora a su padre: «Auxíliame, padre mío, si los ríos tienen poder divino, transfórmame y haz que pierda la figura por la que he agradado tan excesivamente».
Entonces surge el milagro: un sopor se apodera de sus miembros, sus senos se cubren de una corteza, sus cabellos se convierten en follaje, sus brazos en ramas, los pies se adhieren al suelo con raíces hondas y su rostro se remata en una copa. Solo permanece de ella su intenso brillo.
Apolo, aun viéndola convertida en árbol, se abraza a ella, da besos a la madera que los reúsa y le dice con el alma destrozada: «Ya que no puedes ser mi esposa, serás en verdad mi árbol, ¡oh, laurel!, y acompañarás a quien, tras muchas fatigas, obtenga algún triunfo. Ceñirás sus sienes como una corona y en su cabeza los cabellos permanecerán jóvenes y conservará siempre su follaje inalterable».
El laurel, concluye Ovidio, se inclinó con sus ramas nuevas y pareció que inclinaba la copa como una cabeza.
Así es la victoria de quien consigue algún triunfo: una corona de laurel en sus sienes y, en su alma, la melancolía de lo inalcanzable de un supremo ideal.











