En el año de 1980, en el poblado de Gwangju, el ejército de Corea del sur desata una persecución de miles de estudiantes y maestros.
Este trágico episodio, cruel y despiadado, ha generado en Gyeongha, una mujer de unos 40 años, una crisis en la que es víctima no solo de trastornos corporales (migraña, desnutrición, espasmos estomacales) sino especialmente de persistentes pesadillas en las que aparecen plantados miles de troncos negros, cubiertos de nieve, como si fueran personas, que representan las víctimas de aquella masacre. Sintiéndose enferma y sola, presiente el fin de su vida y se esfuerza por escribir su testamento, sin tener claro a quién puede encomendar su ejecución.
En medio de una tormenta de nieve (que permanecerá como escenario en toda la novela), Gyeongha recibe un mensaje: su amiga Inseon se encuentra hospitalizada en Seul, una sierra le amputó dos dedos de su mano mientras trabajaba en su taller de carpintería. Gyeongha, sin considerar su propio estado, emprende un accidentado viaje para ver a su amiga, quien es sometida a dolorosos tratamientos. Inseon le pide que vaya a su casa, en la isla de Jeju, y alimente un par de cotorritas para evitar que mueran, aunque sospecha que una de ellas ya haya fallecido.
El viaje vuelve a realizarse en el mismo escenario: una persistente tormenta de nieve que amenaza hacer imposible cumplir la misión que le encomienda Inseon. Sin embargo, sorteando todas las dificultades y soportando su propio estado de debilidad e indefensión, Gyeongha llega a Jeju y encuentra que la única ave que esperaba alcanzar con vida ha fallecido también.
Entremezclados este viaje de Gyeongha y su estancia en la casa de Inseon, se inserta la historia de la familia de Inseon y el relato de la represión que sofocó la ola de violencia de los rebeldes comunistas en la isla Jeju, Corea, en 1948. En el invierno tres mil personas fueron asesinadas y en el verano del año siguientes, unas 200,000 en el resto del país (246), y 1,500 niños menores de diez años fueron muertos por balas.
En documentos hallados en la casa: periódicos, fotografías y cartas, Inseon y Gyeongha conocen la terrible experiencia de la madre de Inseon y su familia en aquel horrendo episodio de la historia coreana. Para ello, Inseon se ha propuesto realizar una serie de filmaciones con entrevistas a personas que vivieron aquella historia, en particular a su madre. Ella, mostrándose solo como una silueta, relata los horrores de ese exterminio y el sufrimiento al que su padre logró sobrevivir escondido en una cueva y, ya pasado aquel evento, volver periódicamente a su escondite llevando a su hija pequeña, como un remedio a su trauma de aquel episodio de una violencia atroz.
Por medio de un relato triangular: lo que narra la madre de Inseon y testifica con los documentos, lo que le relata la misma Inseon a su amiga Gyeongha, y lo que esta última describe, Han Kang construye el entramado de la novela. Por esos tres narradores sabemos la historia completa de aquella masacre, historia negra que los informes oficiales callan. Estos ocultan crímenes, niegan abusos, silencian el dolor de las víctimas, menosprecian el trauma de los sobrevivientes, tapan con rocas las bocas de las cavernas repletas de esqueletos de los asesinados, restan importancia a los números rojos de sangre, ignoran las estadísticas, niegan la existencia de los desaparecidos.
La autora demuestra que es Imposible decir adiós a una realidad que los asesinos pretenden ocultar destruyendo los testimonios, cambiando la historia, pero son los documentos los que descubren y gritan la enormidad de la tragedia que debe quedar escrita y visible para que sirva de enseñanza de cómo la violencia enturbia, destruye, aniquila las relaciones de afecto que pueden darse en los seres humanos. Ahí quedan los documentos como testimonio irrefutable de una verdad que se trató de ocultar mediante el terror y el silencio. Baste como muestra el doloroso relato de una pequeñita que logró sobrevivir después de recibir disparos en su rostro. Su madre, para evitar que muriera desangrada, se muerde un dedo y le da a beber su propia sangre: «Le gustó sentir cómo su sangre se derramaba en la boca de la niña» (195).
Como contraste resalta la actitud y comportamiento de Gyeongha, la amiga de Inseon. Ella olvida su dolor, su tragedia, sus pesadillas. En medio de la tormenta de nieve, en la oscuridad, envuelta en su soledad, acude al llamado de su amiga, enfrenta todos los peligros para salvar a una avecilla y acompaña a su compañera a desenterrar y exhibir aquellos documentos que son de un valor trascendental: «Lo que quiero decir —afirma Gyeongha— es que esas pesadillas me robaron la vida. No dejaron que se quedara a mi lado ni un ser vivo. —Eso no es así —me interrumpió Inseon—. No es cierto que no te quede nadie…Yo estoy contigo» (185).
Es el mensaje de Han Kang: igual que Gyeongha, no se puede silenciar y olvidar lo que la pesadilla de la realidad demuestra: es Imposible decir adiós al dolor causado a tantos seres inocentes.











