A partir de esta realidad de que los niños y jóvenes están teniendo graves deficiencias en la comprensión de lo que leen (si es que leen), investigadores se han dado la tarea de indagar qué es lo que está ocurriendo en el cerebro de ellos, si de verdad hay un deterioro físico, fisiológico o se trata de una deficiencia en la ejercitación de esa habilidad.
En un interesante artículo publicado en el portal Nota Antropológica (https://www.facebook.com/story.php?story/09/06/26) se mencionan los estudios que el sociólogo Zygmunt Bauman, apoyándose en lo analizado por el antropólogo noruego Thomas Hylland Eriksen, ha aportado sobre el tema.
El problema al que se enfrentan los estudiantes, niños, jóvenes y ahora hasta los adultos, es que «la sociedad de la información ya no organiza el conocimiento en estantes limpios y etiquetados como en una biblioteca, es más bien algo parecido a una cascada de signos descontextualizados». Es decir, que no se trata de una falta de inteligencia sino de un entorno que está destruyendo, pieza por pieza, la capacidad humana para construir secuencias narrativas ordenadas. Para ser más claros: es como tomar cien frases de libros distintos, mezclarlas y luego ponerse a leerlas y entenderlas. Imposible. «La realidad, afirman, deja de percibirse como un todo. Se convierte en una colección de pedazos sueltos. Un video. Un tuit. Una noticia. Otra noticia. Una imagen. Todo al mismo tiempo, pero nada se conecta con nada».
Esto desemboca en una permanente confusión, en un mosaico incoherente de absolutos, en una secuencia fugaz de palabras, imágenes, sonidos, acciones; como una colección de fragmentos deshilvanados, sin coherencia ni relación unos con otros, solamente yuxtapuestos, que se aprenden rápido y se olvidan con la misma velocidad.
El niño o adolescente se enfrenta a una barrera que no puede ser comprendida por el cerebro. «Cuando la información viaja a una velocidad extrema y en volúmenes masivos, la creación de secuencias narrativas ordenadas y progresivas se vuelve una tarea hercúlea. El cerebro humano, afirman los científicos, no fue diseñado para ese ritmo». Es lo que Eriksen, al estudiar los efectos de la velocidad en la cultura contemporánea, definió como Tiranía del momento.
Por supuesto, esta avalancha, este sunami de datos, imágenes, palabras, acciones, sonidos, le llegan súbitamente, sin saber de dónde vienen y a dónde van, sin descubrir ni entender la relación de una idea con otra, sea porque no se perciben por la rapidez con que se le presentan o no se comprenden porque su aparición y desaparición son instantáneas, violentas, sin dar tiempo a ser asimiladas.
De ahí viene la incapacidad que sufre el lector para enfrentar un texto. La lectura tiene varias exigencias: cada frase, cada oración, cada párrafo tienen una historia, una secuencia de palabras, de conceptos que deben ser hilvanados, relacionados, comprendidos y asimilados. Y todo ello implica una acuciosa atención y una buena percepción, un tiempo apropiado para imaginar, para desentrañar un significado, para relacionar una idea con otra, entender la trama, los adelantos y los retrocesos en la narración, los mensajes patentes o implicados o sobreentendidos o sugeridos por el autor.
Sin estas condiciones, que son las que el cerebro tiene que cumplir para llegar a la comprensión lectora en todas sus formas, variantes y niveles, el resultado es el que se está ya comprobando en los niños y jóvenes, y aun en los adultos. Ya no hay tiempo, ni modo ni habilidad para analizar, relacionar, sintetizar. La rapidez ha reemplazado a la comprensión, afirman los científicos.
Y el cambio afecta, desde luego, también al lenguaje. «Los jóvenes utilizan expresiones efímeras, memes y frases hechas. Estas no requieren elaboración. No exigen construir un párrafo complejo o desarrollar una idea a lo largo de varias líneas. El idioma se empobrece. La sintaxis se aplana, la capacidad de argumentar se atrofia». Se pierde la capacidad de hilvanar ideas, descifrar contextos, descubrir implicaciones subyacentes, desarrollar un razonamiento, fundamentar razones, enhebrar causas y efectos, entender y usar analogías, desentrañar falacias. Tarea imposible para quien se ha pasado horas frente a una pantalla que embota al cerebro y lo obliga a saltar de una cosa a otra con una terrible y apabullante velocidad.
No es el camino denigrar o vetar la tecnología. Es, como sugiere Bauman, «enseñar a reconstruir el contexto donde solo hay fragmentos. Es decir, tomar una información suelta y preguntarse: ¿Quién la escribió? ¿Cuándo? ¿Con qué propósito? ¿Qué pasó antes? ¿Qué vino después?», ¿cuál es el mensaje? ¿en qué se basa el autor? ¿qué implicaciones tiene?, etc.
En pocas palabras, es enseñar y ejercitar el desarrollo de habilidades. No hay de otra.











