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El engaño y la manipulación

Estamos inmersos en un mundo que se ha provisto de instrumentos que, de ser útiles herramientas para mejorarlo, están en riesgo de convertirlo en una torre de Babel en la que seamos ya incapaces de discernir entre la verdad y el engaño.

En los Cantos XXVI y XXVII de la Divina Comedia, Dante y Virgilio, se encuentran en la octava fosa del octavo círculo del Infierno en donde están personificados quienes propician esta confusión.

El canto se inicia con una evocación a Florencia, la ciudad natal de Dante y de la que fue exiliado. «Alégrate, Florencia, le dice, pues eres tan grande que tu nombre vuela por mar y tierra y es famoso en todo el Infierno». Y su fama no es por sus virtudes, sino por el decaimiento que ha sufrido en los conflictos entre los partidos políticos, que la llenaron de oprobio. «Entre los ladrones, añade Dante, he encontrado a cinco de tus nobles ciudadanos, lo cual me avergüenza y a ti no te honra mucho». Y añade: «dentro de poco conocerás lo que contra ti desean y a medida que yo envejezca más tendré que sentir tu deshonra».

Dante, entristecido por lo que ha contemplado de su patria, continúa con su guía su recorrido por rocas y picos. Entonces se presenta un espectáculo que lo desorienta: como las luciérnagas aparecen en el campo, ante sus ojos surge un sinfín de llamas vivas que brotan de una fosa, encerrando cada una a un pecador que en vida se sirvió de su inteligencia y astucia para engañar a ingenuos con sus mentiras y embustes. Cada flama, vibrante, inextinguible, contiene un alma de famosos demagogos, como los griegos Diomedes y Ulises que engañaron hábilmente a los troyanos, especialmente Ulises, quien ideó la artimaña del caballo de madera en cuyo interior se encerraban soldados que así pudieron introducirse y destruir a la vencida Troya.

A petición de Dante, la llama que envuelve a Ulises recibe permiso de narrar algunas de sus aventuras y desventuras a su regreso a la isla de Ítaca, en donde lo esperaba su esposa Penélope tras largos 20 años de ausencia. Entre sus relatos, describe su encuentro con la famosa y bella hechicera Circe, quien convertía a sus amantes en cerdos. Ulises, con argucias, tras un año de estar en la isla, logra escapar y seguir la trayectoria que fijó la diosa Venus para retornar a su reino. Y él mismo relata cómo convenció a sus compañeros de infortunio de traspasar las Columna de Hércules (el estrecho de Gibraltar) y arriesgarse a perder la vida al trasponer el límite del fin del mundo. Riesgo y desgracia que, al final, se cumplieron.

De esta manera, Dante ilustra el poder de convencimiento que algunos utilizan para inducir conductas y acciones que no siempre son benéficas, ni para ellos ni para quienes siguen sus pasos. Con alguna destreza en el manejo de la retórica, utilizan su habilidad verbal para engatusar.

Los espíritus de esos condenados a estar siempre encendidos, sin consumirse, revelan su desgracia y su castigo eterno. Residen en un foso del Infierno para poner al descubierto sus argucias, sus engaños, mediante las trampas de que puede valerse el lenguaje. Si bien este es un recurso para la comunicación humana, para compartir ideales y planes beneficiosos, la maldad de los engañadores profesionales lo utiliza para diseminar la falsedad, la mentira, y convencer y seducir a los ingenuos que se dejan arrastrar por los embustes inducidos desde las tribunas, foros y escenarios.

Son estos manipuladores los condenados a arder eternamente por haber usado su voz para llevar por el camino falso a quienes se dejan convencer. Malos consejeros, perversos líderes que, aun siendo conscientes de su mal proceder y de su responsabilidad hacia quienes los siguen, persisten en tender sus trampas con palabras afiladas cual temibles espadas.

Dante, a través de las palabras de Ulises, exhorta a los ingenuos: «Pensad en vuestro origen: vosotros no habéis nacido para vivir como brutos, sino para alcanzar la virtud y la ciencia». Para eso la naturaleza dota a los hombres de inteligencia, para discernir y separar el trigo de la paja, escoger el fruto sano y desdeñar el engusanado, distinguir entre creatividad y falsedad, entre información y manipulación y descubrir la verdad y desterrar la mentira.

Para ejemplificar este triste fin de los falsarios, Dante refiere el ejemplo del famoso Toro de Sicilia. Inventado por Perilo, artífice ateniense, consistía en un toro de bronce diseñado de tal manera que al ser introducido en él un reo y puesto sobre las llamas, los gritos de aquel infeliz sonaban como bramidos de una bestia verdadera. Así se engañaba a todos, trastocando la realidad, haciendo que un terrible grito fuera interpretado como el mugido de aquel animal. Pero sucedió que el artífice de la chapuza recibió su debido castigo: al presentar su embustero artificio al rey Falaris, tirano de Agrigento, este ordenó que el inventor fuera el primero con quien comprobar el engañoso artefacto…

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