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AY CIELITO LINDO

Columna Acertijos de Gilberto Haz

De Juan Villoro: “La dramaturgia del Mundial es la opuesta a la del Fausto de Goethe, que comienza en el cielo y luego llama al Diablo”. Camelot.

Apoltronado en mi reposet, el domingo futbolero nos llevó a ver caer a un gigante, Brasil, que tiene 6 mundiales que no hace nada. Con todo y sus estrellas.

Pero para nosotros lo importante era la noche. México iba por la chica. México iba por el pase a esa gloria que se le niega.

Lo hemos esperado por años y sentíamos que ahora llegaba. Habíamos estado a las orillas, pero siempre una potencia se nos atravesaba, si no era Alemania era Argentina.

Hoy se confiaba en que con nueva sangre de relevo, lo haríamos.

Pero dijeron los dioses del estadio que siempre no.

Por más que luchamos y el canijo Bellingham, un futbolista de elite del Real Madrid, ídolo de mi nieto, aunque Fer se puso la verde ese día, Bellingham es un todo terreno y en dos huidas nos clavó dos goles.

Los sentimos en el alma y en el corazón.

Luego llegó la expulsión y  nos esperanzamos.

Los mexicanos peleaban y no se rendían, eran unos guerreros enfrentando a una potencia que ha vivido del recuerdo, porque también desde 1966, en el Mundial en su casa, cuando se coronaron, no han vuelto a hacer nada.

Era el estadio Azteca, hoy de la CDMX y Banorte, esa Catedral, ese Vaticano del futbol que, gracias a los Azcárraga, al Tigre Papá y a Emilio hijo, han traído tres mundiales a México. No hay estadio que haya realizado eso, 24 juegos de un Mundial. No lo hay, quizá por eso Joaquín López Dóriga en una columna reconoció el trabajo de Emilio Azcárraga.

Ese estadio que traía recuerdos desagradables a los ingleses, allí donde nació La Mano de Dios y donde Maradona dribló desde media cancha a seis ingleses. Esos eran recuerdos que pesaban y nos alentaban.

PERDIMOS PERO EN LA GLORIA

Al finalizar con el marcador en contra y con centros elevados, flojitos, centros tras centros, no cayó ningún gol y la afición salió satisfecha, lo mismo en el Ángel que en el Estadio y en los millones de hogares, que nos plantamos en la tele.

Vimos nacer quizá un chamaco brillante que, ojalá no lo echen a perder, Gilberto Mora, Morita, como le dicen, quien a sus 17 años se encamina para Europa. Por eso el gran Bellingham, al terminar el juego lo buscó y quiso intercambiar sus camisetas, quizá algún día sean compañeros en el Real Madrid.

Las redes se sublimaron, las gracias a la selección brillaron por todos lados. Habían dado quizá el mejor juego y mejor primer tiempo y algunos ya lo catalogan como el mejor partido del Mundial, aunque falten algunos juegos más.

La pelota sigue rodando y nosotros regresaremos a nuestro México cruel de asesinatos, desapariciones, feminicidios terribles como el de la periodista Roxana en Veracruz.

Lo escribió hoy Juan Villoro: “Nuestra alegría futbolística hizo que los crímenes descendieran en 33%. Da miedo volver a la realidad”.

Dios nos cuide a todos.

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