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El difunto Matías Pascal

«¿Me ha parecido una suerte que me tuvieran por muerto? Pues bien, estoy muerto de verdad. ¿Muerto? Peor que muerto: los muertos ya no tienen que morirse, y yo sí, yo estoy todavía vivo para la muerte y muerto para la vida. En efecto, ¿qué vida puede ser la mía?». El «difunto» Matías Pascal es quien, después de dos años de vagar, sin ton ni son por pueblos y valles, se plantea este interrogante fundamental que bien puede hacerse cualquier humano que desee una existencia auténtica, como diría Martín Heidegger.

Es en esencia y perfectamente descrito el drama de la existencia humana: cuando un hombre, sensible como Matías Pascal, ha experimentado la carga que representa una vida vana, plagada de infortunios y decepciones, de amistades y relaciones convenencieras, de abusos y ausencia de afecto y reconocimiento, ve la oportunidad de rehacer todo desde el principio.

Matías Pascal ha cargado el peso de una vida cerrada, tibia, estéril. Su madre ha muerto, su amigo lo ha traicionado, su suegra se ha encargado de atosigar el incordio familiar, sus hijas gemelas han muerto, su trabajo de bibliotecario carece de valor en un pueblo desierto de lectores y todo es un oscuro túnel sin fin.

«No sabiendo ya, dice, cómo resistir al tedio, mejor dicho, al asco de vivir así, miserablemente, si probabilidad ni esperanza de mejora» (69), de pronto aparece una fugaz oportunidad de mandar todo al diablo y empezar de nuevo.

Ha sucedido que, mientras él ha huido momentáneamente a Montecarlo, en cuyo casino logra ganar una considerable afortuna, lee en el periódico que en su pueblo ha sucedido un infortunio: un desconocido, físicamente parecido a él, se ha suicidado ahogándose en el riachuelo que pasa por su cortijo La Cabaña. Todos sus familiares y los habitantes del pueblo asumen que el difunto es él, el propio Matías.

Inicialmente desconcertado, al instante ve la oportunidad de huir de todo, abandonar casa, familia, trabajo y emprender una vida absolutamente nueva. ¡Libre!, grita, entusiasmado, sin cadenas, sin compromisos, sin fastidiosos deudores, sin suegra, sin ninguna de todas las calamidades que lo han atosigado, sin nada ni nadie que le impida disfrutar del mundo. Al fin se siente libre y rico.

Entusiasmado, se desprende hasta de su propio nombre y asume el de Adriano Meis y emprende un periplo por diversos pueblos de Italia, hasta el día en que llega a Roma.

Después de dos años de vagamundear, decide que debe detener su alocada huida. Siente que esa libertad de que ha gozado tiene que refrenarse. Que, si bien ha gozado de todo y sin medida, esta absoluta independencia no le ha proporcionado la paz y el disfrute que él añoraba.

Adriano Meis alquila un cuarto en una casa donde únicamente vive un anciano espiritista, una jovencita, una tía medio ideática y, eventualmente, un ambicioso cuñado que aprovecha la oportunidad para sustraerle una buena suma de su fortuna. Al descubrirse el hurto, el «difunto» Matías experimenta una nueva crisis existencial. Sin hogar fijo, sin ningún lugar en la sociedad, sin un familiar cercano; sin compromisos, pero solitario; sin deudas, pero en medio del riesgo de ser despojado de su dinero; sin ningún oficio que al menos rompa la rutina diaria; sin una historia propia, en la soledad más absoluta como precio que paga por su libertad y viendo que su vida es un continuo fraude, comprende y reconoce que una existencia así es tan imposible como lo era la anterior. 

El punto de inflexión se da cuando debe enfrentar el reto a un duelo tras un conflicto personal. Entonces reflexiona y decide abandonar su fallido intento de felicidad en solitario, y regresar a su pueblo natal. Para ello deberá utilizar el mismo recurso que le dio la suerte: fingir una nueva «muerte».

La escapada no resulta difícil, pero ahora tendrá que enfrentar a su familia y a sus coterráneos que ya están acostumbrados a su primera muerte, pues hasta mausoleo le han puesto en su tumba y ahora su esposa se encuentra casada con quien fue su antiguo amigo, con quien ya procreó una hija.

Este reencuentro, en lugar de brindarle la oportunidad de rehacer su vida, ahora ya sin infortunios, le revela que ni la libertad ni la felicidad ni los problemas ni las frustraciones son de naturaleza absoluta. No hay una libertad ni una felicidad totales, así como no hay mal que dure sin años… Matías Pascal disfrutó el «privilegio» de morir en vida para rehacerla a su modo, y lo aprovechó hasta que la realidad de la vida en sí se le impuso y lo obligó a morir de nuevo para entender y aprender que «Si los demás no le hacen el bien casi por obligación, él los acusa, y de todo el mal que él hace casi por derecho fácilmente se excusa».

Así reaparece Matías Pascal, ahora como «el difunto Matías Pascal», reconstruyendo una identidad, aprendiendo que cada uno debe reconocer que nace y crece en un mundo que le es dado sin haberlo pedido, ni en forma ni en fondo, junto con otros y en circunstancias que lo apremian y redefinen, ya que deben formar parte de propio proyecto de vida

Luigi Pirandello, Premio Nobel de Literatura 1934, escribió esta novela en 1904, a sus 37 años, cuando el relativismo era la moda europea. Por eso dibuja ese indeterminismo ético y psicológico, en donde nada es definitivo, ni la verdad ni la falsedad, ni el bien ni el mal, ni la libertad ni la esclavitud, ni la felicidad ni la desdicha y ninguno tiene una personalidad única y definitiva, sino que las circunstancias van marcando el cauce por donde fluye el correr de la vida. Esta filosofía alcanzará su punto álgido en el postmodernismo en el que hasta el mismo valor de la vida se relativiza junto con la historia, la identidad sexual, la verdad y la realidad entera.

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