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Magos, adivinos y cerdos

Magos, adivinos y cerdos

En su recorrido por las profundidades de ese infierno que se imagina, en el Canto XII de La Divina Comedia, Dante describe muy someramente un episodio dedicado a una de las prácticas más antiguas de la humanidad. Se trata de la función de los magos, adivinos, hechiceros, visionarios, augures, brujos, videntes, nigromantes, pitonisas, aojadores, ocultistas, encantadores y hasta falsos profetas y agoreros.

El poeta Virgilio, que es el guía que se le ha destinado, empieza por reconvenir a Dante porque lo descubre sentado en una piedra llorando ante la escena que se le presenta. Y no es para menos: el inquietante dibujo de Doré expone gráficamente lo que Dante describe: «descubrí que todos estaban maravillosamente al revés, desde la barba hasta donde empezaba el busto, porque tenían vuelto el rostro hacia las espaldas, y érales forzoso andar hacia atrás, no siéndoles posible mirar hacia adelante».

Tal visión descentra a Dante y hace que se deshaga en lágrimas. Ante esto, Virgilio le recrimina: «Conque eres tú también del número de los insensatos? Aquí vive la piedad y muere la compasión». Y le explica: «Mira cómo ha convertido en pecho las espaldas, pues de tanto como quiso ver adelante, no ve ahora más que atrás y anda retrocediendo». Y para ejemplificar, le relata un listado de esos adivinos que se hicieron famosos en la historia, como aquellas míticas adivinas: «Mira a las desdichadas que dieron de mano a la aguja, a la lanzadera y al huso por meterse a encantadoras, y que componían con maleficios con drogas y con figuras […]. Mira cómo han convertido sus espaldas en pechos por haber querido ver demasiado hacia delante, ahora miran hacia atrás y siguen un camino retrógrado».

No podía hacerse más clara descripción de los afanes de estos oficios y oficiantes. Desde tiempos inmemoriales los ha habido, y no pocos y sí de muy diversas advocaciones y tareas. Desde los brujos de las aldeas primitivas hasta los modernos adivinos que de pronto vaticinan una insólita tempestad o el discutible resultado de un deporte o de una elección presidencial, pasando por embrujos, «amarres», limpias, incensaciones, friegas herbáceas, pases mágicos, lectura de cartas de baraja, destace de aves, figuras cocidas a alfilerazos, listones, amuletos y otras linduras que más vale no referir y cuyo catálogo es muy conocido. Son ritos que pretenden adelantar sucesos futuros o, en cierta forma, negociar con las fuerzas sobrenaturales o divinas un beneficio a cambio de un óbolo, rito o manda.

Cuando Dante escucha la recriminación de Virgilio por sus lágrimas, se justifica: «¡Oh, lector!, reflexiona por ti mismo cómo había yo de tener enjutas las mejillas, cuando de cerca contemplé nuestra imagen humana tan trastocada que el llanto salido de los ojos bañaba la parte posterior del cuerpo».

Y no es para menos.

Solo para redondear el tema, recordemos aquel episodio que narra Homero, cuando Odiseo desembarca con sus compañeros en la isla de Eea, ignorando que en ella impera la hechicera Circe.

Esta mujer recibe a los advenedizos con la tradicional hospitalidad griega: les da de comer y beber en abundancia y los seduce. Pero, tan pronto apuran las copas, todos comienzan a transformarse en cerdos debido a una pócima mágica que ha depositado en sus cráteras. Uno de los hombres logra escapar y da cuenta a Odiseo de lo que ha sucedido, dado que aquellos hombres, aún convertidos en bestias, conservan claro su entendimiento y saben perfectamente el embrujo de que son objeto.

Odiseo va a enfrentar a Circe cuando el dios Hermes se adelanta y le da a comer una hierba que lo hace inmune a los encantamientos. Odiseo obliga a la hechicera a devolver a sus compañeros a su estado natural. Pero queda entre líneas la maldición de la bruja: sabe que, cuando el hombre no controla sus apetencias, termina convertido en un animal o, tal vez mejor, solo logra que se manifieste su naturaleza irracional.

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