EncuentrosPrincipal

Los maestros rurales

En circunstancias difíciles, un ambiente de constante peligro, una carga de trabajo que excede en mucho la jornada normal, muy pocos recursos didácticos, salones carentes de lo más elemental y viviendo regularmente en sitios alejados de los centros urbanos, en habitaciones improvisadas, en cuartuchos anexados a los rústicos centros escolares, 63 000 maestros atienden 3.2 millones de estudiantes en los 105 000 planteles en la modalidad multigrado, que componen el 46 % de las escuelas públicas de educación básica en México.

Según el estudio de Mexicanos Primero, Volver la mirada al multigrado, «Hoy, una quinta parte de los 135 millones de mexicanos reside en localidades menores a 2 500 habitantes, zonas rurales e indígenas apartadas, con niveles altos de marginación. Allí viven 2.5 millones de niñas y niños de hasta 4 años, y 5.4 millones de 5 a 14 años». (Maura Rubio, Almonacid (Directora de Investigación, Mexicanos Primero. https://www.elfinanciero.com.mx/2026/05/28).

Y la pregunta es ¿Cómo se atiende el derecho a la educación de estos ocho millones de niñas y niños? ¿Qué clase de escuelas llegan a esas localidades?

Esos niños, los más necesitados del país, en la mayor pobreza y rezago educativo, reciben educación de maestros rurales que atienden escuelas que pueden ser: unitarias (uno para los seis grados), bidocentes (dos) y tridocentes (tres).

Es un trabajo arduo, pero generosamente recompensado. No por el mismo sistema educativo, ni por la sociedad, sino por la satisfacción de los propios docentes que ejercen su labor en condiciones difíciles, arriesgadas. Ahí laboran, lejos del mundanal ruido, de las intrigas palaciegas, de las veleidades sindicales y de la mirada displicente de los pobladores urbanos. Viven el contento de un estudiante que anheló ser un buen maestro y allí ese sueño se hace una dura pero fructífera y plena realidad.

De propia voz, estos son sus testimonios:

«Recordé a mi madre, también maestra jubilada, cuando iba a trabajar cubriendo interinatos a la sierra de El Gallego. Viajaba de Córdoba en autobús hasta el último lugar al que podía llegar el camión y de ahí dos horas a caballo. Mi madre me hablaba mucho de la calidad de la gente de ese lugar, cómo la trataban y cuidaban, porque sabían que iba a educar a sus niños. Y eso a mi madre la marcó, y siempre me lo decía. El silencio de las tardes y noches como si el tiempo se detuviera. Regresaba los fines de semana con regalos tan hermosos como simbólicos. Algún platillo guisado por alguna familia, hecho especialmente para mi madre y su familia, (nosotros), plátanos, yerbas, naranjas, y yo la iba a esperar a la parada para ayudarla con sus maletas de ropa y cosas. Después la mandaron a Oluta, un rancho, creo que hoy es municipio, cerca de Acayucan. También era un rancho ganadero al que me iba yo en el tren Meridano a buscarla y en el mismo me regresaba. Mi madre terminó trabajando en la escuela Cantonal. Fue maestra en el Anglo Francés de Orizaba y en el Instituto Cordobés, en Córdoba. Esto fue antes de lo que le platico que vivió en la sierra. Ella acaba de cumplir 89 años» (José Algarín).

«Los maestros rurales en el país nos aventuramos a ir a las comunidades muy alejadas donde muchos duran un año y piden cambio, pero, cuando valoramos el trato de las personas, el entusiasmo de los alumnos, nos dan muchas ganas de durar más años en esas comunidades. Inicié hace 38 años en educación primaria. Caminaba 10 horas en la sierra para llegar a la comunidad y después me cambié de nivel y me fui a una escuela telesecundaria donde el autobús hacia un recorrido de 5 a 6 horas si no fallaba y más en época de lluvias. Pero feliz trabajando con los alumnos. Estoy a punto de jubilar, pero con una gran satisfacción de haber servido a mi estado de Oaxaca y a la educación de muchas generaciones» (Richard Santos).

«En los años 80s, muchas generaciones de maestros, recién graduados a los 18 años, regularmente salíamos de nuestra zona de confort e íbamos al lugar o comunidad a donde se necesitara. Iba muy feliz. Era mi primera experiencia de trabajo remunerado. Me mandaron a una remota comunidad rural, entre los cerros pelones en Guanajuato. Un lugar muy distinto al que yo vivía. No había servicios básicos (agua, luz, trasporte). Las personas por lo general daban (hacían) dos comidas diarias y su alimentación consistía en frijoles, café, tortillas embarradas de chiles cascabel asados y molidos en unos molcajetes grandes. Era un lugar muy aislado y la escuela era un salón, con patio no muy grande, pero lo suficiente para atender a todos los niños de los seis grados. Fue una maravillosa experiencia con esos hermosos niños a quienes hasta la fecha recuerdo con mucho cariño.

»A todos los maestros que llegan a esos lugares lejanos y llenos de carencias, recuerden: los niños están ansiosos por aprender todo lo bueno que ustedes llevan en su corazón. No teman llegar a sus trabajos y guiarlos hacia un mejor futuro». (Silvia Córdova) (https://www.facebook.com/11/02/26)

 Es fácil educar los espíritus cuando todavía son jóvenes: Séneca.

Las ruinas de Coatepec y las ruinas morales de “El Bola”

Anterior

GANO MEXICO

Siguiente

Te puede interesar

Más en Encuentros